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"Un libro es como una experiencia orgánica. Uno lo va encontrando a
medida que lo escribe"
El azar, la búsqueda del padre, los sentidos que quedan abiertos, la
narración dentro de la narración, el proceso mismo de
narrar son los nudos que despliegan sus hilos en la narrativa de Auster. Se dice
que su literatura es posmoderna a raíz de que sus novelas están pobladas
de seres titubeantes, de solitarios que fingen ser otros para comprobar que
existen; sujetos escindidos, aunque él aduce que lo suyo es la escritura clásica
y tradicional. A este nieto de inmigrantes judíos, graduado de Columbia, que
suele vestir de negro, la suerte le ha variado mucho desde los tiempos en que
tenía que peregrinar para encontrar un editor: en sus últimos libros, la editora
Viking llegó a pagarle medio millón de dólares en concepto de adelanto por
derechos de autor. Cuando se encierra a escribir un libro, pide que no se le
moleste.
¿Podría sintetizar su historia
literaria?
De joven intentaba escribir prosa, y escribí mucha, pero nunca
estaba satisfecho con los resultados. Dos de las novelas que llegué a acabar y
publicar más tarde las empecé muy pronto, en mi veintena, In The Country, Of Last Things y
Moon Palace. Trabajé
mucho en ambos libros, pero los dejé de lado y llegado un cierto punto decidí
que no podía escribir prosa, y que me limitaría a escribir poesía. Siempre me
había interesado la poesía francesa, traducía a poetas franceses contemporáneo
como manera de ganar dinero, pagar la comida y poner pan en la mesa. Fue muy
agobiante y desagradable. Acabé traduciendo libros mediocres por una paga que
era muy baja. Me di cuenta de que me habría ido mejor como cocinero de segunda
en algún lugar. A mediados de los setenta escribí algunas obras de teatro,
también, pero no fue hasta finales de los setenta que entré en una verdadera
crisis a todos los niveles, personal, artístico, y estaba absolutamente sin un
centavo, se me había acabado el dinero y... la esperanza, supongo, y dejé de
escribir por completo durante un tiempo. La única cosa que llegué a hacer
durante ese tiempo fue una novela detectivesca bajo otro nombre, en unas seis
semanas, sólo para ganar dinero, era tan desesperadamente pobre, así que esa fue
de hecho la primera novela que escribí. Este periodo continuó durante un año y
medio aproximadamente y no produje absolutamente nada. Cuando empecé a escribir
de nuevo a finales del 78, fue en prosa, y el hecho es que no he vuelto a
escribir un poema desde entonces. Paré por completo, y recomencé por completo, y
las dos partes de mi vida como escritor son muy
diferentes.
¿Cuál es el riesgo de un
escritor?
El mayor peligro, para todo
escritor, es sentirse demasiado satisfecho de su obra y de su lugar en el mundo.
Para avanzar -y esa es la esperanza de todo escritor-, hay que luchar. La
adversidad es necesaria. Siempre quise ser escritor. Cuando al principio, y
después de varios rechazos, no pude encontrar un editor para Ciudad de cristal, me preparé
interiormente para ser un autor de textos que no se vendan. Decidí que no
dejaría de escribir. Y eso es algo bueno e importante, porque da una razón de
fondo para el trabajo. No lo hago por dinero, no lo hago por fama, no lo hago
por lectores. Sólo es que tengo que hacerlo. A veces me pregunto si ésta no es
una manera un poco extrema de vivir, torturándote todos los días, haciendo algo
que en realidad nadie desea o necesita. Y la verdad es que el mundo puede vivir
muy bien sin ninguno de mis libros. Escribir no es placentero. Es un trabajo
duro y se sufre mucho. Por momentos uno se siente inepto: la sensación de
fracaso es enorme y eso significa que no hay sentimiento de satisfacción o de
triunfo. Pero el problema es peor si no escribo: me siento perdido. Si no
escribo, siento que mi vida carece de sentido
¿A qué responde la
escritura de una novela?
Si bien los libros son
producto del inconsciente y el trabajo del escritor consiste en poner en el
papel lo que el inconsciente le dicta, una novela es un proceso de elaboración
que responde a una intención, a un querer investigar o decir algo del autor.
Creo que lo que me interesa es la
imaginación humana: cómo la imaginación crea -literalmente- el mundo. El mundo
sólo cobra sentido cuando lo interpretamos, y quizá nadie trabaje tanto como los
artistas para interpretarlo, entenderlo y experimentarlo en toda su complejidad.
Hace unos cuantos años encontré una vieja libreta de notas. La había olvidado
por completo y de golpe ahí estaba, y la abrí y descubrí dos frases que había
escrito a los 19, 20 años: "El mundo está en mi cabeza. Mi cuerpo está en el
mundo". Hoy sigo pensando que así es como vivimos nuestras vidas. Nuestro cuerpo
va por el mundo a la deriva, flotando en algo grande, mucho más grande que él, y
al mismo tiempo todos estamos aislados, encerrados en nosotros mismos, viviendo
una vida puramente interna. Creo que en gran medida escribo sobre eso, sobre esa
separación entre el adentro y el afuera, y sobre cómo la gente enfrenta o evita
el abismo que hay en el medio. Hay ciertas experiencias que logran acercarlos
bastante. No quiero ponerme sentimental, pero creo que el amor es una de ellas.
En el amor estamos a la vez adentro y afuera de nosotros mismos; vivimos para y
por otra persona, y algo nos empuja a formar parte de lo que nos rodea. Pero
comprometerse profundamente con una idea o una causa puede producir el mismo
efecto. En esta novela, entrelacé dos historias
y en ese entrelazamiento hay una reflexión sobre el dolor: cómo hace un hombre
para superar el dolor y cómo hace para encontrar el estímulo para vivir.
Mientras tanto, la sombra de Chatesubriand planeaba sobre el
libro.
¿Y cuáles son los pasos
para llevarla a cabo?
Uno puede ver de pronto un
personaje en su imaginación, guardarlo en su memoria para escribir algún día
sobre el mundo al que pertenece ese personaje. Así me pasó con Hector Mann. Lo
"vi" por primera vez hace doce o trece años y pensé que algún día escribiría en
torno al cine mudo. Al principio, David Zimmer, el protagonista, no está
interesado en la vida de Mann, sólo en sus obras. El personaje adquirió
presencia más real, pide una biografía, un pasado. Entonces empecé a escribir.
Me inventé siete películas de Hector Mann. A medida que avanzaba en el libro,
las películas perdieron interés y reduje todo a una película corta: La vida
interior. Eliminé las numerosas páginas que había escrito sobre las películas
para mantener el buen balance, el equilibrio. Pero las guardé y estoy tentado de
escribir un libro en el que aparezcan esas películas contando que alguien las
guardó.
¿En cuanto al
final?
Nunca termino el libro de
la misma manera que lo había pensado. En casi todos mis libros, el final es algo
que se abre a otra cosa, una cosa nueva. Se abre al episodio siguiente, a un
paso que no aparece en el libro pero que el libro sugiere. Un paso de un libro o
un paso de la vida: es lo mismo. Si el personaje no esta muerto, su vida
continúa.
Usted ha dicho alguna vez que todos sus libros eran "el mismo
libro", ¿qué clase de libro?
La
historia de mis obsesiones. La saga de cosas que me perturban. Todos mis libros
parecen girar en torno a los mismos interrogantes, a los mismos dilemas humanos.
Para mí, escribir no es una cuestión de libre albedrío, es un acto de
supervivencia. Una imagen surge en mi interior y poco después comienzo a
sentirme acorralado por ella, a sentir que no tengo otra opción que abrazarla.
El libro empieza a cobrar forma después de una serie de encuentros similares.
Escribir, en cierto sentido, es una actividad que me ayuda a aliviar la tensión
de estos secretos sepultados. Recuerdos ocultos, traumas, cicatrices
infantiles..., es evidente que las novelas surgen de esas partes inaccesibles de
nosotros mismos.
¿Y en cuanto a sus personajes
escindidos?
Reconocer
que cambiamos constantemente, que nos mueve una especie de corriente, de flujo
de emociones y de pensamientos, explicaría quizás el origen de todas esas
personalidades escindidas -dobles, triples- que transitan por mis libros.
Además, como no hay una verdad universal, no podemos conocer al otro, y no nos
podemos conocer a nosotros mismos. Exploré esa problemática en La invención de la soledad, pero
tropecé con un enigma fundamental: ¿cómo iba a hablar de mi padre? Y, desde una
perspectiva más general, ¿cómo iba a hablar de otro? Es un planteamiento que
supone problemas enormes y que conlleva siempre enfrentarse a numerosas
contradicciones que no dejan de fascinarme. La mayoría de mis novelas adoptan la
forma de la biografía de alguien. Es el itinerario global de una vida lo que me
interesa, no sólo los momentos aislados, sino todo lo que abarca una vida, con
sus giros, sus altibajos, sus tachones, sus vacilaciones, sus remordimientos.
Pero mis personajes terminan a menudo encontrando a alguien que dará un vuelco a
sus vidas. Es esa posibilidad de amor, de poder compartir la vida con otro, que
cambiará todo.
¿Experimenta el vacío de la página en blanco? Ha declarado haber
escrito Mr. Vértigo al dictado de
Dios.
Sí, esa es la impresión que
tenía. Tenía la impresión de que el libro "ya" existía, que estaba escuchando la
voz de Walt: Walt es el autor, yo no he sido más que su amanuense. Pero hay días
en que me bloqueo y eso es angustiante. Es como si estuviera trepado a una rama
de la que puedo caer en cualquier momento. A veces, creo que lo que escribo no
vale nada. Sé por expe-riencia que estas depresiones, estos períodos huecos, son
inevitables y que, tarde o temprano, saldré de ellos. Tan sólo soy un poco más
optimista que antes. Aunque si interrumpo la escritura es muy complicado. Cuando
la reanudo tras una interrupción, tengo la impresión de que debo aprenderlo todo
de nuevo. Lo que pude haber escrito ayer, el año último o diez años atrás, ya no
cuenta. Lo único que importa es poder escribir
ahora.
¿Qué le aportó el hecho de escribir un guión de
cine?
Como escritor, lo ignoro,
pero aprendí muchísimo cómo ser humano. En realidad, son dos actividades muy
distintas. Al escribir una novela, uno se pierde en el mar de lo inconsciente;
yo casi entro en trance. Escribir un guión es, evidentemente, un acto más
meditado. Con una novela, usted piensa en el mundo real, en tanto que para
escribir un guión hay que imaginar a los actores recitando su parte, en un
universo imaginario supues-tamente parecido al real. Aunque no soy un cineasta
profesional, confieso que me lancé a escribir Smoke sin temor alguno. Al principio,
se trataba de un pequeño cuento navideño que me había encargado The New York
Times en 1990. Pensé que serviría para el cine; era
un argumento simple, en torno de gente común.
¿Cómo resuelve el final de una
historia?
En casi todos mis libros,
el final es algo que se abre a otra cosa, una cosa nueva. Se abre al episodio
siguiente, a un paso que no aparece en el libro pero que el libro sugiere. Un
paso de un libro o un paso de la vida: es lo mismo. Si el personaje no esta
muerto, su vida continúa.
Los títulos de sus novelas suenan como el germen de una
idea.
Es cierto. Encuentro imposible empezar un proyecto sin el título en
mente. A veces puedo pasarme años pensando en el título que vaya con lo que se
está formando en mi mente. Un título define el proyecto de alguna manera y si
sigues encontrando las ramificaciones del título dentro de la obra ésta mejora,
estoy convencido de ello. Así que, sí, pienso mucho en los títulos. A veces
simplemente me dedico a inventar títulos para cosas que no existen, y que nunca
existirán.
¿Un libro que lee siempre?
Bueno, creo que hay varios, pero si tuviese que decir tan sólo uno,
un libro al que vuelvo continuamente y en el que no dejo de pensar es
El Quijote. Ese es el
mío. Parece presentar todo problema que cada novelista tenga que confrontar, y
hacerlo de la manera más brillante y humana imaginable.
¿Qué piensa de la relación libro-película?
Algunos de nuestros más insignes escritores tienen libros llevados
al cine, muchas novelas de Hemingway fueron hechas película, no daña al libro.
Quiero decir, si está hablando de esta nueva, digamos manera comercial de hacer
libros, de convertir los libros en dinero, en efecto, y esos acuerdos entre las
grandes editoriales y productoras, y este torbellino mediático megacorporativo
que tenemos en nuestra cultura hoy en día, sí, es perturbador, estoy de acuerdo.
Ahora, creo que un buen libro permanece contigo durante más tiempo que las
buenas películas. Y eso se debe a la conexión entre la mente del lector y las
palabras, y tienes que esforzarte para leer un libro, tienes que usar la
imaginación, rellenar todos los detalles tú mismo. Estás activamente
comprometiendo tu propia historia, toda tu alma, tus recuerdos, en lo que estás
leyendo en la página. Una película pasa tan deprisa que simplemente no te da
tiempo de entrar en ella de la misma manera. Puede ser entretenido, quiero decir
que no estoy en contra de las películas, y pueden ser muy entretenidas y
divertidas, y emocionantes, pero no es comida verdadera de la manera en que lo
son los libros, hay muy pocos filmes que te cuiden, que te nutran, de la manera en que lo hace un libro.
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