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por Margarita
López Carrillo
Casi toda
una vida (Les trois quarts du temps), Benoite Groult
"Louise se pregunta cada vez más a
menudo si debe dar prioridad a su oficio (el periodismo), a su más profundo
deseo (escribir una novela), a la educación de sus hijas, o bien hacer deprisa
y corriendo, chapuceramente, las tres cosas, que es lo que, por lo general,
suele suceder"
Cuando
leí esta frase de Casi toda una vida sentí una inmensa gratitud. Me sentí
comprendida y expresada por otra, me sentí perdonada por no lograr adecuarme
nunca, ni como trabajadora ni como madre ni como escritora, a lo que debe ser
(a lo que cierta voz interior, dice que debe ser). Esta frase sencilla de tres
líneas y media me permitió algo que en mis quince años de madre trabajadora
tratando de escribir, yo no había sido capaz de hacer: pararme y aceptar la realidad. Fue como
cuando la presa decide dejar de huir y volverse a ver la cara de su depredador
y le pone nombre, y a la vista de su tamaño y fiereza, por fin reales, decide
si va a escapar, a enfrentarse o a quedarse ahí quieta pidiendo al cielo que su
perseguidor la confunda con la
maleza. Mira, sentí
que me decía la autora, la mujer que
además de trabajar y criar hijos pretenda escri-bir, va a tener que hacerlo
todo así, a salto de mata; no es que te pase solo a ti, no es que lo hagas mal,
es que esto es así, no tiene vuelta de hoja
Esta
larga novela (publicada en Francia en 1983 y que no llegó a España hasta el
2002 y en edición de bol-sillo, con lo que casi nadie se enteró), se desarrolla
a lo largo de gran parte del siglo veinte y gira entorno a una mujer desde
antes de su nacimiento, cuando sus padres se casan justo antes de
desencadenarse la primera guerra mundial, hasta su cincuentena, transcurrida
durante los años setenta; casi toda un vida. Habla de muchísimas cosas: de cómo
su madre recién casada (y educada en la más absoluta ignorancia de la anatomía
genital masculina), al ver el pene erecto de su marido, cree que el pobre tiene
una enfermedad terrible porque ¿cómo puede uno vivir con eso?; de lo que siente
una niña cuya madre es una artista brillante, guapa y egocéntrica que considera
la timidez y hosquedad de su hija como una ofensa personal; de qué pasa cuando
una chica quiere a toda costa impresionar intelectualmente a un chico que va de
enfant terrible de la cultura y a la
vez demostrarle que es una mujer tan sexi como las que le gustan a él, cómo
hacer si a él lo que le gusta es precisamente que las mujeres no sean
intelectuales sino decorativas (las chicas, y no tan chicas, hacemos mucho este
tipo de cosas); de cómo mantener el equilibrio personal en un matrimonio con un
hombre tradicional cuando una intenta desarrollarse profesionalmente además de
tener hijos; de qué hacer cuando él se desentiende de la anticoncepción, y no
hay anticonceptivos y el aborto es ilegal (hablamos de la Francia de los años cuarenta
y cincuenta); de qué hacer cuando los hijos llegan a la adolescencia y una
tiene la aterradora impresión de que van derecho al desastre.
La
verdad es que yo hubiera pensado que sólo las mujeres podíamos sacarle todo el
jugo a esta novela ya que la autora es claramente feminista (en tanto
reflexiona sobre la vida, consciente de hacerlo desde la perspectiva de uno de
los dos sexos, el sexo mujer), si no fuera porque fue un amigo con "o" el que
me la descubrió.
Estaba tan subyugado que insistió en leerme algunos
fragmentos. Recuerdo que estábamos en una playa vacía; era febrero o marzo y
hacía sol. Yo estaba tumbada, completamente vestida, sobre mi anorac, y él leía
con la espalda apoyada en una roca. Mientras el sol me apaciguaba lentamente,
al otro lado de mis párpados cerrados se fueron esparciendo los personajes y
las situaciones de la novela, gente de carne y hueso que actuaba, sentía y
pensaba. Recuerdo que pensé con envidia que Benoite Groult lograba un
equilibrio perfecto entre acción y
reflexión, eso tan difícil, y entre reflexión y sensación, eso tan raro, porque
lo más común es encontrarte con estereotipos de hombres, de mujeres, de
parejas, de madres., que a duras penas te sirven para revivirte y repensarte,
que es al fin lo que buscamos en los libros, al menos yo.
Mientras
la leía me preguntaba cómo era posible que la autora, que escribió la novela
cuando tenía más de sesenta años, pudiera recrear tan bien sentimientos,
cabezonerías, inseguridades, temores, complejos y situaciones de épocas de la
vida tan pretéritas y no dar la impresión de una evocación sino de algo vívido.
Me ocurrió que al leer éste o aquel detalle de la adolescente o de la joven
esposa, de la universitaria, se me despertaban sensaciones y recuerdos
completamente olvidados, sepultados por capas y capas de vida, o bien, cuando
leía de la mujer de cuarenta y pico, y no digamos de la madre de adolescentes,
me sentía tan identificada con detalles íntimos que me sonrojaba como si
alguien se hubiera infiltrado en mis pensamientos más secretos. Era evidente
que la novela tenía mucho de autobiografía (aún antes de ir a google a mirar)
pero, ¿cómo podía recordar la autora tan nítidamente esos matices de la
mentalidad de una joven, por ejemplo?, ¿de esa joven en concreto? Encontré la clave
en la página 462: "Louise tiene unas
carpetas llenas de fragmentos. Ha ido anotando siempre sus ideas como si
coleccionase colillas" (qué pena no haber hecho lo mismo).
Pero,
volviendo al inicio, a las dificultades de escribir siendo mujer (trabajadora,
esposa, madre, hija de padres mayores.):
"...lo que sus hijas necesitan es
desmenuzar interminablemente sus problemas delante de alguien que no las
considere ni depravadas ni locas. Y (Louise) tiene que relegar su manuscrito a
un cajón en el momento en que, probablemente, iba a llegar la inspiración".
Louise
es una mujer de la generación de mi madre y, sin embargo, yo me pude
identificar con ella completamente, lo que significa (no es ningún
descubrimiento) que las mujeres francesas, que no sufrieron el parón social y
cultural del franquismo, nos llevan una generación de adelanto. Eso es muy
cierto, pero a mí lo que más me calentó
el alma fue verme reflejada como escritora a ratos perdidos, malabarista del
tiempo (como se titula un bonito libro que habla de las piruetas que hacemos
las mujeres para llegar a todo lo que debemos y hacer también algo de lo que
queremos).
Te
levantas por la mañana con una frase en la cabeza que tira de algo de las
profundidades de tu mente o de más abajo aún, y te dices, luego me pongo a
escribir. Y ese luego se va postergando hasta la salida del trabajo y la
recogida de los niños del cole y la compra y el arreglo de la ropa y el baño de
los críos y la cena, y al final te pones (si tu pareja no reclama su parte del
pastel) a las diez de la noche muerta de sueño y a duras penas te acuerdas ya
de la frase famosa y mucho menos de lo que te provocaba. O bien, no tienes
niños pequeños y dispones de algo más de tiempo, y estás en tu mesa, delante
del ordenador, con la frase escrita en la pantalla y empezando a hundirte en el
limo de tu interior, cavando, con la frase de guía como la vara de avellano del
zahorí, empezando a sentir el rumor de la beta de agua, mojándote ya la punta
de los dedos, cuando llaman a la puerta, ¿se puede?, y tu hijo adolescente se
tumba en tu cama perezoso y ronroneante y te llama mamila o mamurri o de
cualquier otra forma de las que usa cuando se siente cachorro otra vez y está
con ganas de charlar no sabe bien de qué, de eso que le bulle en lo hondo también
a él. Y por un momento tienes una duda terrible, no sabes si decirle, vete,
vete, que estoy concentrada, pero entonces te acuerdas de lo difícil que es
conseguir hablar con él, de lo poco que parece que le importa normalmente lo
que le ofreces y lo frecuentemente que le dices que no a lo que te pide y de
las ganas que tienes de saber qué le pasa, qué piensa, quien es ahora que está
cambiando tanto.Y te vuelves en la silla y le dices ¿qué pasa petardo?, ¿qué me
cuentas?, y ruegas para que tu corriente de agua no se hunda bajo insalvables
capas freáticas y puedas dar con ella de nuevo cuando vuelvas a tener un rato
tranquilo.
¿Qué
hacer?, me había preguntado yo desalentada tantas veces, convencida de que para
escribir tenía que disponer de un tiempo material y mental del que no podría
gozar en muchos años por delante. Y Louise tenía la respuesta: hacerlo todo
chapuceramente, pero hacerlo.
Esta
es una hermosísima novela además por esto,
porque dice que para poder vivir no hay más remedio que vivir como se pueda
(y escribir cuando se pueda).
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