|

El
día que el General Perón murió –el 1 de julio de 1974– me hice peronista.
Estaba estudiando en casa cuando escuché la noticia por la radio. “¡Ya a la
calle!”, me dije. “Hay concentración en la plaza. Seguro que me encuentro con
Francisco”. Me puse todo encima, la camisa blanca semiabierta, los jeans que
apenas me dejaban respirar, unos pendientes enormes, los zapatos de plataforma
y robé el perfume francés de mi madre.
Él era de Ingeniería, yo de Económicas. La primera vez
que lo había visto fue desde las gradas del club Gimnasia y Esgrima, estaba en
la piscina, con el equipo de natación del club y su slip. Era alto, flaco, cintura pequeña, espalda musculosa, no podía
estar mejor. Levantó la vista y me sonrió. “Me muero”, sentí. Entrenaba todos
los jueves. Fui los jueves siguientes, pero nunca más me miró. Desistí. Hasta
que un día se apareció en casa, con Hernando, mi amigo de la infancia. Casi me
desmayo. Venían a hacerme la cabeza con respecto a la Juventud Universitaria
Peronista. Con Francisco delante, yo firmaba donde me dijeran. Y así fue como
me incorporé a la JUP
de Económicas.
La muerte de Perón me liberaba de explicar una y otra
vez por qué era peronista. En casa, eran todos antiperonistas, mi madre que me
hablaba con desprecio de Evita y sus zapatos, y mi padre, que abrazaba la
anarquía, como tantos españoles nacidos en el 30. Muerto Perón, era el
socialismo, y pronto. En la
Plaza de Mayo vi a muchos, salvo a él. Me encontré con los
compañeros de la unidad básica. ¡Hola Ana, qué bien que viniste! Al fin, no
estaba sola como en la adolescencia, la había pasado pésimo en un colegio de
mujeres. “Ya van a ver, ya van a ver, el
Hospital de Niños al Sheraton Hotel”, cantábamos a toda voz.
De apolítica a militante sarmientina –como Sarmiento
el maestro que no faltaba ni un sólo día a clase–, yo asistía a todas las
convocatorias. No me perdía ninguna concentración, ni siquiera en período de
exámenes. Podía encontrármelo a Francisco. De hecho, más de una vez nos
encontramos. Yo temblaba cuando lo veía. Buscaba cualquier excusa para
acercarme. Incluso en los entierros. En aquella época, la banda fascista de la Triple A había comenzado
a operar. Apenas llegaba a la facultad, nos avisaban que partíamos. Directo a la Chacarita, el cementerio
público municipal. Nos subían a todos en un autobús. En el camino, nos
enterábamos de quién se trataba. Si el muerto no era conocido, me decepcionaba
un poquitín. En cambio, si era de fuste, la gloria, ¡encuentro con Francisco
asegurado! Íbamos, desfilábamos ante el muerto, dábamos el pésame a los
parientes, agitábamos banderas, y
retorno.
Mi madre estaba en un grito: “Yo te preservé de
velorios y funerales, ahora la señorita se dedica a las excursiones
necrológicas. A que no tienes ni idea de quién se murió hoy. Como puedes ser
tan ciega, ¡tan idiota! Esto no es un juego”. No sé cómo mamá se enteraba
siempre de todo. Yo no le decía nada. Quizás algo en mi cara cambiaba cuando
volvía de los cementerios. La verdad es que
después de unas cuantas veces, esquivé un poco la Chacarita. Me
apuntaba en las pintadas para que no se me reclamara nada. Además, “el hospital
de niños” había sido reemplazado por “los huesos de Aramburu”*: “con los que
haremos una escalera para que suba por ella nuestra Evita montonera”, y el
texto, debo confesar, me generaba un poco de incomodidad. No decía nada,
hubiera sido un comentario pequeñoburgués el mío.
La última vez que vi a Francisco fue en la Facultad de Ingeniería.
Se necesitaban voluntarios para apoyar la toma. Yo, la primera. Apenas
entramos, lo vi, parado en la escalinata que iba al primer piso. Circunspecto,
como siempre. Yo estaba preparada para la ocasión. Mi mejor vestido, el jumper rosa. Sonrió al verme. Se lo veía
triste. “¿Francisco, qué pasa?”, le
pregunté. “No me gusta como viene la mano. Están matando a mucho de los
nuestros”. “Cuídate, ¿me lo prometes?”
En ese instante, le juré en silencio amor eterno, fusil en mano iría a
Cuba, Nicaragua, donde él quisiera, pero juntos. Fue una noche larga, bajamos
al sótano varias veces, tras los rumores de inmediatos bombardeos. Francisco
vino a verme. Yo supervisaba un grupito de Económicas, unos militantes recién
incorporados. Él era el responsable de Ingeniería. Acompáñame, me pidió. Caminé
oronda con él por los pasillos. Era el jefe. Nadie nos prestaba mucha atención.
Con la luz apagada, miramos por las ventanas a los patrulleros y sus luces en
la gran explanada que conducía a la entrada de la facultad. Eran muchos, impresionaban.
Francisco me explicó qué calles debía y cuáles no debía tomar si penetraban por
la fuerza. “No corras, sobre todo no corras”. Fue mi oportunidad, me lancé en
sus brazos, con un “tengo miedo”, mitad cierto, mitad teatro. El me estrujó y
me besó suave y firme, hondo. Me levantó el vestido y sentí, por fin, sus manos
sobre mi cuerpo. Si no hubiera sido por la policía que empezó a chillar por los
altoparlantes y a iluminar con focos
fulminantes la fachada, hubiera dejado de ser virgen esa noche.
No bombardearon ni caímos presos. Salimos bien entrada
la mañana, cumpliendo la consigna. Yo, enamorada como nunca, con una promesa
susurrada al amanecer. Él tomó la calle equivocada, cualquiera. Murió sobre la
acera, acribillado.
* Aramburu, general golpista que derrocó a Juan Perón,
secuestrado y muerto en 1970 por la organización político militar Montoneros.
Un lugar en el medio
Mónica Sabbatiello

–¿No
le dije, Repeto, lo que me pasó el otro día?
–No, Sagasola, ¿qué le pasó?
–El viernes ¿vio? cuando fui al
dentista. La gallega de la mercería, no se cómo se llama, ¿sabe cuál le digo?,
ésa que tiene la piel blanca como la leche, me la crucé y me dijo que tenía
algo para darme. Fui hasta su casa y ¿sabe que hizo?: sacó un pesceto asado al
horno, mechado y todo, lo metió en un taper y me lo dio. “Tome, para usted y
para Repeto -me dijo- para que se lo coman los dos, el domingo”, o sea hoy.
–¡Qué cosa, che! ¿Y por qué lo habrá
hecho?
–.Vaya a saber.
–¿Le estará arrastrando el ala,
viejo?
–No joda Repeto. ¡A esta edad!
–¿Por qué no? Usted tan mal no está.
–¿Usted cree?, con esta busarda.
–No se mueva tanto, que me destapa.
–Tranquilo viejo, quería que la
viera.
–No me joda, ya se la conozco. ¿O
cree usted que me embelesa su panza?
–Y... a lo mejor, de tan necesitado
que anda.
–Prefiero carne de vaca loca antes
que la suya Sagasola. Alcánceme una rodaja de salame y no me hinche las
pelotas.
–Espere, le paso la bandeja.
–¡Qué pesada! ¿Qué hay en este
taper?
–El pesceto. Está frío, pero con la
mayonesa no va a estar mal. De su lado, mire, abajo de los diarios está la caja
de los cubiertos.
–¡Qué lindo estar aquí, che, con la
que está cayendo afuera! Cada día me gusta más esto de estar en la cama, sin
hacer nada.
–Sí, muy lindo, pero usted ocupa
mucho lugar. Muévase un poco, viejo.
–Y usted, ¿qué?, también me joroba
con esos pelos en las gambas, que pinchan que no le digo.
–No se enoje. Páseme el pan y tome
su vaso de vermú.
–Ay, la pucha, se me cayó un poco.
–Una mancha más al tigre...
–Menos mal que el martes viene la
gringa.
–Es remolona la gringa, a veces se
hace la boba y no cambia las sábanas.
–Llaman a la puerta.
–Adelante, está abierto.
–Hola, ¡qué sorpresa!
–Miren qué lujo. Parecen dos reyes.
No les falta nada, joder.
–¡Qué mal hablada es usted, gallega!
–Paca, llámenme Paca. Mire, seré mal
hablada pero no ando criticándolos, como los otros del barrio, que no se
imaginan todo lo que dicen de ustedes, de esta costumbre tan rara que tienen.
–No nos importa. Qué hablen lo que
quieran.
–Ustedes, ¿cuándo empezaron a vivir
así, en la cama? ¿Fue cuando vendieron la papelería, no?
–Así es, hace seis meses. Siempre soñábamos
con hacer esta vida. Estamos muy organizados, ¿sabe? Por suerte en este Buenos
Aires es fácil: todos los comercios tienen delivery
y nos hacemos traer a casa lo que se
nos antoja.
–Se dan la gran vida.
–Pero no se vaya a pensar que
dormimos todo el día. A eso de las nueve ponemos el despertador y hacemos
gimnasia, estiramientos y algo de yoga,
después nos duchamos y traemos las mesitas con lo que necesitamos. Con
todo cerca: ya está. No salimos más. Leemos, oímos música, escribimos...
–¡Linda la decoración! Y tienen todo
bastante limpio.
–Viene una mucama dos veces por
semana.
–Y todas esas revistas ¿quién se las
trae?
–Las compramos por Internet, lo
mismo que los libros. ¿Le gusta la cama?
–El tallado es precioso, con esos
pajaritos. ¡Y qué grande! Tenía ganas de conocerla. El carpintero de la otra
cuadra dice que hay gente que los imita, que le encargaron unas cuantas
parecidas a ésta. Maxicamas, las llama.
–¿Y qué la trae por aquí?
–Pensé que al pesceto le vendría
bien un Balcarce, aunque no sé si les gustará este humilde postre a personas
tan modernas.
–Nos encanta, ¿no, Repeto?
–Ya lo creo. ¿Por qué no se sienta,
Paca? No nos va a hacer el desprecio de no comer con nosotros.
–Venga, aquí tiene sitio.
–Repeto, muévase despacio. ¡Cuidado
con la bandeja!
–No se preocupe que no se va a caer; pero usted
córrase un poquito para allá.
–Antes de sentarme, si les parece,
traigo otro plato de la cocina. ¿Hay más bandejas?
–Tenemos un montón. Las verá en la mesada.
–¿Seguro que no molesto? ¿No interrumpiré algo?
–Para nada. Al contrario. Nos gustan las
visitas, cuando son como usted.
–Bueno. Voy a buscar otro vaso y algunos
platitos para el postre.
–Vaya tranquila, agarre lo que quiera.
–Dígame, Sagasola: ¿se cambió los
calzoncillos? Porque si la gallega lo ve con esos agujerados.
–Mejor me saco los lienzos y los
escondo debajo de la cama.
–Apúrese, no vaya a venir justo ahora.
–¿Se fijó qué delantera tiene la gallega?
–Talle 140, por lo menos.
–¿Le harán los corpiños a medida?
–¿A usted le parece bien que la invitemos a la
cama?
–Si ella quiere...
–Menos mal
que la hicimos de tres metros de ancho.
–¿Y si nos pasa algo, Sagasola? ¿Me
entiende lo que le digo? ¿Si con ella en la cama se nos enerva lo que usted ya
sabe?
–Ya veremos... Shhh, me parece que ahí vuelve.
–Venga, Paquita, póngase aquí, que le acomodo
las almohadas.
–¿En el medio? ¿No van a estar incómodos?
–Aquí cabe un regimiento. Mejor en
el medio, así nosotros la servimos, que sabemos dónde está todo. En las mesitas
tenemos lo justo para no levantarnos.
–¡Qué bien se lo han organizado, señores!
–¿Le gusta? Venga, entre aquí. Si
quiere puede sacarse los pantalones, que no la miramos.
–Humm... ¿Le parece?
–Como quiera. Se lo digo para que
esté cómoda.
–Bueno, pero cierren los ojos.
Sigan así, que ahora me meto. Ay, disculpe Repeto si lo aplasté un poquito. Ya
está. Pueden abrir. ¡Qué buen colchón! ¡Qué firme!
–Póngase cómoda.
–¡Qué gusto! Algunos días, cuando
estoy cansada de estar ocho horas de pie en el negocio, me acuerdo de ustedes.
Y no soy la única que los envidia. Me dijeron que las de Hidalgo, las maestras
jubiladas, ¿se dan cuenta?, las solteronas de la calle Dorrego, se hicieron
hacer una cama como ésta o parecida. Y también otros dos señores, que viven en
la calle Andrés Argibel. Ustedes están trayendo la moda al barrio.
–Aquí tiene su bandeja. ¿Empieza
con el fiambre?, ¿quiere un vermú?, ¿unos palmitos con mayonesa?, ¿jamón
cocido?
–Ponga de todo un poco. De vermú:
dos dedos, el resto soda.
–Tiene los pies fríos, póngalos
entre nuestras piernas.
–Uno entre las mías y otro entre las
de Repeto... así... ¿mejor, no?
–Qué suave es su piel, Paca.
–Me pasa el pan, Repeto.
–Está fresquito, nos lo trajo el
tano esta mañana. Por favor Sagasola, suba un poco la música.
–Le sirvo también unas fetas de
carne y ensalada. Está muy tierno este pesceto. ¿Lo hizo usted?
–Sí, está mechado con ciruelas.
–Galleguita, ya tiene caliente este
pie... Déjelo ahí, que es un gusto.
–Usted está bastante sola, ¿no
Paca?, desde que enviudó.
–Bastante. ¿Y ustedes? Perdón por la
indiscreción, ¿por qué no se casaron?
–Cosas de la vida.
–A Repeto se le murió la novia y yo
tuve mala suerte con las mujeres.
–La gente dice que entre ustedes
dos... ¿ya me entienden, no?
–Si algo aprendimos con los años es
a no darle ninguna importancia a las habladurías. Espere, que le acomodo mejor
el edredón, no vaya a tener frío. Perdone, si la toqué fue sin querer.
–Como si lo hace queriendo.
–¿Y yo también puedo tocar?
–¡Cómo no Sagasola!, pero, ¿qué les
parece si antes sacamos las bandejas? O mejor, si nos servimos un poco de
postre. Con el merengue y el chantilly podemos hacer muchas cosas.
–Así me gustan las mujeres, de armas
tomar.
–Aquí está.
–Cierre los ojos. Saque un poquito
la lengua.
–Humm...
–Y si le ponemos por aquí, a ver, le
voy a levantar la blusa...
–Mejor me la saco.
–Eso, sáquese todo, que aquí no va a
tener frío.
–Acomódese bien.
–Por esta le pongo un poco de crema.
–Y otro poquito en esta otra. ¡Qué
grandes y blancas!
–¿Hace mucho que ustedes no tocan
unas de éstas, no?
–Huy, sí hace. Y tan buenas, yo
nunca. ¿Qué le parecen Repeto?
–Maravillosas. Y estas puntitas tan
duras. Le voy a poner un poco más de crema. ¿Le gusta?
–No. ¡Es broma! Se va a derretir la
crema... de tanto que me gusta.
–Le vamos a poner un poco más. Usted
Repeto de ese lado y yo de éste.
–Y abra la boquita, así va
disfrutando del merengue.
–Si le parece, siga con los ojos
cerrados, ¡está tan linda!
–¿Podemos Paquita lamerle el
chantilly?
–Si no se empalagan, adelante.
–Hum, hum....
–Hum, hum
–Cuidado, no vaya a aplastar el
Balcarce. Lo voy a sacar de la cama. Así está mejor, estírese todo lo que
quiera.
–Hum.
–Ah
–Hum.
(Música de Mozart, Vivaldi...)
–Ahhhhh.
–Ahhhhh.
–Huyyyy.
–Tengo que irme ahora, que ya es muy
tarde. ¿Puedo volver otro día?
–Cuando quiera. Pero no es necesario
que traiga nada. Usted es el mejor postre y el mejor pesceto.
–Llámenos antes, si le parece, para
encargar alguna cosita rica. Aunque más rica que usted...
–Ustedes tampoco están nada mal.
–Hasta pronto.
–Adiós, adiós. ¡Que descanse
Paquita!
–Chau.
–Ya se fue.
–¡Qué buena está!
–Estuvo genial.
–Si le parece, hablamos mañana, que
estoy molido. Échese para allá, que voy a torrar. Ah, mañana no cuente conmigo
para la gimnasia.
–Hoy ya hicimos bastante. Duerma
tranquilo, que yo voy a hacer lo mismo. Voy al baño y después apago la luz.
–....
–....
–Sagasola, son las diez, despierte.
Si quiere darse una ducha, yo ya fui. Mientras, voy a preparar el termo. Ya
encargué las medialunas. Las trajeron calientes de la panadería. No tarde, que
se van a enfriar.
–Ya voy. No se las coma todas, eh.
–Mientras voy a calentar un poco la
leche.
–...
–...
–Repeto, dígame: ¿usted está mal de
la chaveta? Me dejó sin gel de baño y se echó medio frasco de colonia encima.
No hay quien lo aguante con esa baranda. ¡Y se puso gomina para meterse en la
cama! ¿Qué le pasa viejo, se arregla por si vuelve Paca?
–¿Y usted que me dice, con ese
pijama absurdo? Con esos dragones dorados parece Kun Fú vestido para una boda.
–¿Quiere que le diga la verdad? Me gustaría
que vuelva Paca. Yo tengo cuerda para rato. ¿Y usted?
–Soy un tigre, Sagasola.
–Sí, un tigre de Bengala
–Anoche no estuve tan mal.
–Ni yo.
–¿Será por el Ging Seng que nos
regaló el coreano?
–Llaman a la puerta.
–¿Quién es? Ah, sí, adelante.
–Bueeenas, permiso.
–Pero Gladys, ¡qué sorpresa más
agradable!, ¿qué hace usted por aquí?
–Qué linda habitación. Les traigo
una tarta de duraznos con crema de “Los dos chinos”. Paca me contó que son muy
golosos.
–Ah, habló con ella. Muchas gracias,
nos gusta mucho.
–Pase. No sea tímida. ¡Qué bien le
queda ese traje!
–¿Pero, Gladys, hoy no trabaja?
–Por la tarde.
–¿Sigue lloviendo?
–Ya paró. ¿Puedo abrir un poco las
persianas?
–Sí, por favor, como a usted le
guste. ¿Quiere un café?
–Bueno. Solo y con dos cucharaditas
de azúcar. ¡Qué alegre este cuarto! Ustedes son dos bon vivant, de los que no quedan.
–Venga, que le hacemos un lugar.
Entre las cobijas va a estar más calentita.
–¿Le parece?
–¡Cómo no! Si se quita el saco, la
pollera y las medias va a estar más desahogada.
–Soy una pecadora, decente eso sí, y
no voy a andar con vueltas. No es mi estilo. Acepto.
–Si quiere, mientras
se quita la ropa, cerramos los ojos.
–Como gusten. ¿Puede poner Radio Nacional?
–Usted es de las nuestras: le gusta
la música clásica. Encienda Sagasola, en su cajón está el mando.
–Ya lo sé Repeto, me a venir a
enseñar ahora dónde están las cosas.
–Es una verdadera alegría recibir la
visita de una mujer tan culta y bonita. ¿No, Sagasola?
–Ya lo creo, porque usted es un
bombón, Gladys. Siempre lo comentamos entre nosotros.
–Ustedes tampoco están mal. Permiso,
voy a entrar.
–Adelante. Métase en el medio.
–¡Esto es vida! Ah, que no se me
olvide: mañana a la tarde vendrá mi amiga Amalia, la maestra de la calle Báez.
La pelirroja. Es una experta en alfajorcitos de maizena.
Mónica
Sabbatiello. Nació en Buenos Aires y vive en Barcelona. Estudió Filosofía y
Letras. Ejerció como periodista de investigación, guionista y presentadora de
televisión. Fue co-fundadora de los talleres de "Escritura
psico-evolutiva".
|