El proceso de la reescritura

Silvia Adela Kohan

 

Fundar un mundo narrativo y escribir un relato es trabajar el lenguaje de un modo personal. Certero o titubeante, claro o confuso, cada uno de nosotros tenemos un estilo propio que debemos potenciar. Podemos considerar que hay un modo neutral y uno peculiar de usar el lenguaje: el peculiar revela el estilo de cada escritor.

El relato es un universo dotado de leyes propias, independientes del mundo real. Su discurso está construido sobre la base de la lengua corriente, pero organizado de un modo no coincidente con ella. Hay un discurso específico del relato, y del campo literario en general, en el que  interactúan determinados aspectos. En este campo, se emplea la palabra de un modo especial, proveniente de su relación con las palabras vecinas.

Cada relato crea un sistema autónomo en el que cada elemento -a la vez- debe ser funcional. La significación proviene de este sistema y no de significados preestablecidos. Es decir, en un relato todo es válido siempre que responda a las leyes por él instauradas.

En consecuencia, rescribir consiste en retrabajar el texto basándonos en técnicas exigidas por el mismo texto: por cada relato entendido como un mundo diferenciado. No se trata de responder a un modelo ideal ni a condiciones preestablecidas, sino que debemos considerar los códigos, las convenciones y las premisas del argumento según los parámetros que cada relato propone, dispone e impone.

   

Corrección, revisión, transformación

 

Cuando acabamos la primera escritura, experimentamos el placer de haber materializado un deseo: el de darle forma a una idea o a una imagen que nos habita. A continuación, comprobamos si coincide nuestra idea con el texto. Con este objetivo hacemos una primera ansiosa lectura. Las consecuencias de esta primera lectura son variadas:

 

· nos fascina lo que hemos escrito;

· lo rechazamos pensando que no vale nada;

· consideramos que hay partes mejores que otras;

· entendemos que es una primera escritura pendiente de revisión y cambios.

 

Muchos de nosotros iríamos inmediatamente después a buscar la opinión de nuestro lector preferido. Pero, precisamente, pendientes de la opinión de este lector, nos apresuramos a revisar el texto. No es una corrección la que se encara, en el texto no hay nada “penalizable”. Es una revisión destinada a  transformar las zonas menos favorecidas.

Un texto está hecho únicamente de palabras y espacios en blanco. La escritura representa la materialidad del relato, el acto de su constitución; hace “visible” la realidad que imaginamos.

Para conseguirlo debemos ajustar el lenguaje al máximo, elegir palabras y articularlas en un conjunto coherente. Después de poner el punto final, más pronto o pasado un tiempo según nuestras preferencias, debemos reconsiderarlo para comprobar si la elección ha sido acertada y el conjunto resulta significativo. Se trata de

 

VER AQUELLO QUE NO VIMOS EN LA ESCRITURA INICIAL.

 

La primera escritura pone “en página” la escena imaginada, los personajes, sus movimientos, los hechos, la idea, desarrollada en una travesía que va desde el punto inicial hasta el final. Tiempo después, hacemos la lectura del texto como si no conociéramos el origen del mismo, desde fuera, como lo haría el lector al cual está dirigido. Es decir, llevamos al plano de la consciencia lo que el inconsciente empujó hacia la página.

 

Revisar es hacer una lectura delatora: denuncia zonas confusas, detenciones molestas, saltos inexplicables, reiteraciones innecesarias, falta de coherencia y más problemas que conducen a la reescritura. Es decir, durante la revisión identificamos los fundamentos para la transformar el conjunto.

 

Primero escribimos, luego dejamos el material en reposo un tiempo y entonces lo revisamos para establecer las bases de la reescritura. Al retomarlo,  observamos con una mirada nueva el todo y cada aspecto.

Subdividir la revisión en una serie de pasos básicos es lo conveniente:

 

1 Efectuar una lectura completa, detenernos lo menos posible. Se trata de constatar si conseguimos desarrollar la idea y de captar qué efecto nos provoca la lectura.

 

2 Reconocer las diferentes parcelas y articulaciones del mundo fundado: planos y puentes, unos personajes, una red de miradas, unos espacios, límites y fronteras, interconexiones, un orden.

 

3.  Examinar la idea lanzada bajo el microscopio o la lupa:

     Explorar los mínimos detalles y ampliarlos para captarlos mejor.

 

4. Vincular los detalles con el conjunto:

    Verificar su funcionamiento y la relación acertada entre ellos.

 

La reflexión

 

Podemos hablar de una reflexión anterior y otra posterior a la escritura del texto.

La anterior es la prolongada elaboración mental, que puede resultar paralizante para unos y fructífera para otros. Ítalo Calvino la parodia en Seis propuestas para el próximo milenio, contando un relato chino en el que de tanto elaborar la idea al artista le resultó perfecta su obra:

“Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. “Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.”

La reflexión posterior, realizada durante las lecturas siguientes a la primera escritura, es el tiempo de la reescritura

Atendamos a lo que dice Raymond Carver:

“No me gusta dejar mi relato así como está. Prefiero retomar una historia después de haberla escrito y continuar trabajando, cambiando No hay nada que hacer, para avanzar y poder divertirme debo antes superar el punto más difícil, Rescribir  me gusta mucho. Pienso que no soy por naturaleza un tipo espontáneo, Pero sé perfectamente que rever una historia cuando he acabado de escribirla es algo que me resulta natural y me gusta mucho hacer. Hay una razón: la revisión me guía forzosamente al centro, hacia el verdadero argumento de la historia. Porque se trata de un proceso, no de una realidad bien definida.

Antes pensaba que la razón de todo este trabajo podía ser corregir defectos o problemas referidos a mis personajes. Pero ahora sé que no es así... incluso, me siento en la feliz posición de quien puede conseguir una historia mejor de lo que fue al inicio. Al menos, lo espero. Pero, créanme, es difícil encontrar un texto narrativo o una poesía -mía o de cualquier otro- que no pueda ser mejorada en algún sentido si se deja reposar un tiempo.”

 

Encarar la relectura

 

En las sucesivas lecturas se va perfilando la revisión. Revisamos para comprobar que hemos escrito lo esencial y que lo hemos hecho con la dinámica correspondiente.

Un buen método para encarar la relectura del propio texto es el siguiente:

 

1 Examinar los elementos que intervienen en la construcción textual y tomar notas al margen bajo forma de preguntas, nuevas posibilidades, dudas, hipótesis de trabajo, etcétera. De este modo, conseguiremos poner en evidencia las construcciones más débiles, los desaciertos lexicales, los errores de puntuación, de sintaxis, de ortografía.

 

2 Detenernos en la primera frase y examinar con atención las palabras que la componen. Preguntarnos:

 

¿Son específicas?

¿Concretas?

¿Originales?

¿Es la que en mejor grado establece la voz narrativa?

¿Atrae el interés del lector y lo motiva a proseguir?

 

3 A continuación, detenernos en la segunda y considerar si es la que de modo más natural puede enlazar con la primera, y así sucesivamente hasta la frase final.

Preguntarnos:

 

¿Qué es lo que las une?

¿Cuáles son las similitudes y las diferencias desde el punto de vista gramatical, de la emoción, de la relación causa- efecto?

 

4 Observar las notas escritas y retrabajar el relato basándose en ellas.

 

5 Confrontar la nueva versión con la precedente. Aislar los elementos y las frases más convincentes de cada versión y escribir una tercera versión.

 

Investigar el campo de la palabra, la frase, el párrafo, la totalidad, nos permite controlar si hemos destacado lo más importante o si, por el contrario, nos hemos explayado en puntos irrelevantes.

 

¿Qué debemos conseguir?

 

El principal esfuerzo que debemos exigirnos es que nuestro relato fluya sin perder la cadencia ni el rumbo. El pulso narrativo no debe fallar en ningún momento. Cada paso que demos debe estar ligado al primero y tender hacia el último. Armonía entre todos sus elementos y un ritmo que no decaiga son las condiciones básicas de un relato. Al rescribirlo, no debemos perder de vista estos aspectos:

 

1 La armonía del relato:

 

La escritura se expande, una primera frase implica una segunda, después una tercera y así sucesivamente toma forma el relato. Esta expansión propia de la escritura nos exalta, nos hace sentir inspirados y -simultáneamente- nos amenaza con el discurso caótico o el estéril. Lo importante es conseguir un texto armónico. Para ello, no debemos perder de vista el equilibrio entre:

 

· Las partes y el todo.

· Las secuencias y los párrafos.

· Los párrafos y las frases.

· Las frases y los párrafos.

· Las palabras y las frases.

 

2   El ritmo adecuado                                              

 

La noción de ritmo -esencial en música- cumple también un papel básico en un relato. En este sentido, sabemos que no son pocos los escritores que construyeron una novela según diferentes estructuras musicales, como la del jazz en Rayuela, de Cortázar; la sinfónica, en Bajo el volcán, de Lowry; las habaneras, los boleros, en textos de Cabrera Infante; las modulaciones propias de una orquestación en los relatos de Moyano, de Pavese, de Kafka... Celine evocaba la “pequeña música” que él había inventado y Onetti decía: “Presto mucha atención al ritmo y a la sonoridad cuando escribo. Escucho mis frases. Necesito encontrar cierta musicalidad para estar satisfecho de lo que escribo. A veces, marco en el borrador: “Atención, en esta frase falta la música.”

La prosodia reviste una importancia considerable. Precisamente, escribir con estilo propio es hacerlo con un ritmo particular –no siempre vinculado a la música- impuesto por nuestras cabales necesidades internas. A la vez, solemos construir relatos que responden a esta necesidad.

Entonces, el esquema rítmico correspondiente es producto de nuestras necesidades narrativas íntimas: el ritmo del texto debe ajustarse a lo que queremos decir. Con este fin, al rescribir operamos separando elementos inútiles, permitiendo que resalten los primordiales, esclareciendo las partes oscuras, agregando elementos vitales.

 

 

Escribir más acerca de algo no contribuye a explicitar una idea, sino a desgastarla. Escribir menos acerca de algo no contribuye a sugerir una idea ni a crear misterio.

 

Por lo tanto:

Escribir lo justo.

Es decir, no perder de vista el hilo conductor del relato: continuarlo, reforzarlo, dilatarlo sin saturarlo.