Entre padre e hijo

La relación padre-hijo o padre-hija es determinante. Si el hijo es un escritor o una escritora, puede ser el motor de parte de su obra, un modo de recuperar al padre, de poder separarse de él, de arremeter contra lo que le cuestiona, de amarlo u odiarlo. Por cierto, quien transforma esta relación en ficción, en poema o en ensayo, está escribiendo desde las vísceras, explorando en su historia íntima para dar con su voz personal. ¿Qué sentimientos se recogen en la historia de la literatura?

Por Ernesto Forli

El intento de conexión

En La vida de mi padre, Raymond Carver escribe: "No podía seguirle la pista a la vida de mi papá. Sin embargo, en una Nochebuena tuve la oportunidad de contarle que quería ser escritor. Lo mismo hubiera podido decirle que quería ser cirujano plástico. "¿De qué vas a escribir?", me preguntó.

Después, como para ayudarme, dijo: "Escribe sobre cosas que sepas. Escribe sobre esas excursiones a pescar que hacíamos".

Carver le contestó que lo haría, y le prometió que le enviaría lo que escribiese, sabiendo que jamás iba a escribir sobre pesca ni a enviarle nada. Poco después su padre murió, y su madre le regaló una foto en la que  el padre aparecía sonriendo, con el sombrero hacia atrás, una rastra de pescado en una mano y una cerveza en la otra, que conservó durante mucho tiempo, hasta que la perdió. "Escribí el poema cuando vivía en un edificio de apartamentos, en un área urbana al sur de San Francisco, en un momento en el que yo también, como mi padre, estaba teniendo problemas con el alcohol. El poema era una manera de tratar de conectarme con él."

Fotografía de mi padre a sus veintidós años

Octubre. Aquí en la húmeda, infamiliar cocina

estudio la avergonzada cara de joven de mi padre.

Sonrisa de oveja, tiene en una mano una rastra

de espinosas percas amarillas; en la otra

una botella de cerveza Carlsberg.

Con jeans y camisa de franela, se inclina

contra el guardabarros de un Ford 1934.

Le gustaría posar valiente y efusivo para su posteridad,

usar su sombrero viejo ladeado sobre la oreja.

Toda su vida mi padre quiso ser altivo.

Pero los ojos lo delatan, y las manos

que ofrecen flácidas la rastra de percas muertas

y la botella de cerveza, Padre, te quiero,

pero cómo, darte gracias, yo que tampoco

aguanto el, trago

y ni conozco los sitios donde se puede pescar.

El temor

Cuando su padre le preguntó a Franz Kafka por qué le tenía miedo, él le respondió con una extensa carta, Carta al Padre, en la que lo exime de culpa y dice: "Pero tan exento de culpa estoy también yo".

Y agrega: "Soy el resultado de tu educación y de mi obediencia", dice, y le recuerda que una noche de pequeño le pedía agua y su padre se levantó y lo dejó encerrado en el balcón. "Aún años más tarde me perseguía la visión torturadora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que casi sin pausa pudiera venir una noche y transportarme de la cama al balcón: a tal punto era yo una nulidad para él."

Asegura que le hizo perder la capacidad de hablar. "Ya muy temprano me prohibiste la palabra. Tu amenaza: ¡ni una palabra más de réplica! y la mano levantada al mismo tiempo me acompañaron desde siempre. Adquirí en tu presencia (...) un modo de hablar entrecortado, tartamudeante, y aun eso era demasiado para ti; finalmente me quedé callado, primero acaso por terquedad y más tarde porque en tu presencia no podía ni pensar ni hablar."

"A veces me figuro el mapamundi extendido y tú acostado en él de punta a punta. Y entonces me siento como si para mi vida sólo pudiesen tomarse en consideración aquellas regiones que, o bien no se hallan cubiertas por ti, o bien están fuera de tu alcance. Y de acuerdo con la idea que tengo de tu tamaño no quedan muchas ni son muy consoladoras las regiones que quedan, y particularmente el matrimonio no se encuentra entre ellas".

La gratitud

En Experiencia, Martin Amis escribe sobre su padre con emoción: "Lo hago porque mi padre ya ha muerto, y porque siempre he sabido que algún día tendría que honrar su memoria. Era escritor y yo soy escritor; y siento como un deber el relatar nuestro caso: una curiosidad literaria que el tiempo es un ejemplo más del binomio "padre e hijo". Ello va a implicar que en ocasiones me entregue a ciertos hábitos feos: citar nombres importantes será uno de ellos. Pero he estado complaciéndome en tal hábito, en cierto modo, desde la primera vez que dije "papi".

Cuenta que una vez, de su primer relato publicado por su padre a los diez años de edad, le dijo:

"-Era horrible en todos los aspectos. Y lleno de excesos. Cosas como Raging and cursing in the blazing heat (rabiando y maldiciendo en el calor ardiente).

-¿Y dónde están esos excesos? Quiero decir que sí, que es un tanto anticuado y...

-No puedes poner tres ing así, seguidos.

-¿No?

-No. Tendría que ser: Raging and cursing in the intolerable heat  (rabiando y maldiciendo en el intolerable calor).

"No se podía poner tres ing seguidos. Ya veces ni dos. Y lo mismo sucedía con los oc, ive, Iy y tion. Y todos los prefijos". Martin subió a su cuarto a corregir la novela que estaba a punto de enviar a una editorial. Estaba llena de ings".

Y agrega:

"Sentí un intenso e instantáneo dolor cuando Kingsley (su padre), que había declarado que le había gustado mi primera novela, dijo luego que "no pudo" con la segunda".

La indiferencia

En El primer hombre, novela autobiográfica, Albert Camus visita en Francia la tumba de su padre muerto en la guerra. Por primera vez en 40 años, el personaje encarnado por Jacques Cormery, parece darse cuenta de que tuvo un padre y que ese padre tenía una vida que él jamás conoció. La visita fue un expreso pedido de su madre y al llegar al cementerio cruzó unas palabras con el cuidador:

-Era mi padre.

-Lo siento.

-No, no, yo aún no tenía un año cuando murió. Así que, usted comprenderá.

-Sí -dijo el guardián-, pero da igual. Fueron demasiados muertos.

Jacques Cormery no contestó nada. Seguramente habían sido demasiados muertos, pero con respecto a su padre, no podía inventarse una compasión que no sentía.

Cormery se acercó a la lápida y la miró distraídamente. leyó sobre la lápida la fecha, 1885-1914, e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años.

De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. Él tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él.

Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre".

La inmadurez

"Mi padre es un niño grande que tuve cuando era pequeño", dijo alguna vez Alejandro Dumas hijo, quien ejerció la misma profesión que su progenitor.

En la biografía escrita por Henri troyat, en referencia a la posición de Alejandro hijo frente a la relación que Dumas padre tenía con su amante y luego esposa, Ida Ferrier, relata: "Cuanto más admiraba el pequeño Alejandro a su padre, por su estatura, su fuerza, su inteligencia, y su alegría, más detestaba la inoportuna compañera que había elegido. Ida sufría al mismo tiempo por el desprecio de ese niño mezquino y por la admiración incondicional que sentía hacia "el gran Dumas", que, por su parte, no dejaba pasar ninguna oportunidad de pavonearse frente a él para conquistarlo".

Tras los primeros poemas publicados por su hijo, el padre le escribió en la posdata de una carta: "En lugar de firmar Alejandro Dumas, como yo, algo que podría tener algún día graves inconvenientes para ambos, ya que nuestra letra es parecida, podrías firmar Dumas Davy. Como comprenderás, mi nombre es demasiado conocido como para que se preste a duda, y yo no puedo agregar  "padre": soy demasiado joven para eso".

La perplejidad

Francis Scott Fitzgerald cuenta esta historia acerca de su padre:

-Durante mi infancia, mi padre vivía en Montgomery County, en Maryland. Nuestra familia ha estado bastante involucrada en la historia de América. El hermano de mi bisabuelo fue Francis Scott Key, el autor de The Star-Spangled Banner. A mí me llamaron así por él. La señora Surrat que murió ahorcada tras el asesinato de Lincoln porque Booth había planeado el atentado en su casa, era tía de mi padre. Recordará que ejecutaron a tres hombres y una mujer.

Cuando tenía nueve años, mi padre cruzaba el río a espías en un bote de remos. Al cumplir los doce, pensó que la vida había acabado para él. Tan pronto como pudo se marchó al Oeste, tan lejos del escenario de la guerra civil como le fue posible. Puso en marcha una fábrica de muebles de mimbre en St. Paul. Sufrió el impacto del pánico financiero de los años 90 y fracasó. Regresamos al Este y mi padre consiguió trabajo como vendedor de jabón en Búfalo. Conservó ese puesto durante varios años. Una tarde, cuando yo tenía 10 u 11 años, sonó el teléfono y lo tomó mi madre. no entendí lo que decía, pero percibí que nos había alcanzado algún desastre. Poco antes, mi madre me había dado 25 centavos para que fuese a nadar. Le devolví el dinero. Sabía que había ocurrido algo terrible y decidí que en ese momento no podía malgastar el dinero. Luego me puse a rezar: Dios mío, por favor, no permitas que vayamos al asilo. Poco después mi padre regresó a casa. Yo había estado en lo cierto. Había perdido el trabajo. Al salir de casa esa mañana era un hombre relativamente joven, lleno de fortaleza, de confianza. Cuando regresó por la noche era un anciano, un hombre totalmente destrozado. Había perdido su energía vital, su inmaculada pureza. Fue un fracasado el resto de sus días.

Por cierto, recuerdo algo más -dijo-. Recuerdo que cuando mi padre regresó a casa mi madre me dijo: Dile algo a tu padre, Scott. Yo no sabía qué decirle. Me acerqué a él y le pregunté: Padre, ¿quién cree que será el próximo presidente? Él estaba mirando por la ventana. No movió ni un músculo. Luego contestó: Creo que será Taft.

A mi padre se le había abierto el suelo bajo los pies y a mí me ha ocurrido lo mismo. Pero ahora estoy haciendo lo posible por empezar otra vez. Comencé escribiendo unas colaboraciones Esquirre. Quizás haya sido una equivocación. Demasiado de profundis...

Un desastre

Dice Mario Vargas Llosa: "Tuve una relación desastrosa con mi padre, y los años que viví con él, entre los once y los dieciséis, fueron una verdadera pesadilla. Por eso siempre envidié a mis amigos y compañeros de infancia y adolescencia, que se llevaban bien con sus progenitores y mantenían con ellos, más que una relación jerárquica de autoridad y subordinación, de cariño y complicidad. Recuerdo, de manera muy nítida, por ejemplo, cómo me hubiera gustado tener con el mío ese cálido contubernio que exhibía mi condiscípulo de La Salle, el flaco Ramos, con su padre, quien lo llevaba y traía todos los sábados a los entrenamientos del equipo de fútbol del colegio, e iba luego a hacerle barra en los partidos emocionándose hasta las lágrimas cuando su hijo metía un gol. Alguna vez tuve la suerte de acompañar a Ramos hijo y Ramos padre al Estadio, a ver jugar a la U, y a mí me distraían de lo que ocurría en la cancha las bromas y burlas que ellos se gastaban todo el tiempo, como si fueran no un padre y un hijo sino un par de compinches de la misma edad. ¡Vaya suerte que tenía el flaco Ramos! Probablemente desde esa época se me ocurrió pensar que una buena relación con el padre debe dejar en quienes la viven algo positivo en el carácter, tal vez eso que llaman buena entraña.

La competitividad

En Mi oído en su corazón, Hanif Kureishi indaga en la vida de su padre: "Me llegué a sentir como un intruso penetrando en áreas de su vida que no quería conocer. Sientes que no puedes entrar en el dormitorio conyugal, que debe haber una barrera entre ti mismo y tus padres. Por otro lado, con los años, quieres ver a tus padres como adultos, no sólo como el niño que siempre has sido para ellos. En cierta forma actúo de padre de mi padre pues he publicado sus libros o los he dado a conocer al mundo en mi novela".

El padre lo impulsó a que se convirtiera en escritor: "La idea es permanecer en mi habitación todo el tiempo. Eso era lo que mi padre deseaba para mí -deseo  que expresó cuando pensaba que yo debería hacerme escritor- y era ya el único lugar donde me sentía seguro, una sensación que tendría durante años, y todavía tengo hasta cierto grado".

Sin embargo, se mostró celoso frente al éxito de su hijo y Kureishi declaró: "Se da toda una serie de complicadas negociaciones entre padres e hijos. Son rivalidades extremadamente importantes y delicadas que surgen constantemente. No es tan claro que un padre siempre desee lo mejor para sus hijos ni que éstos, a su vez, sólo quieran impresionar a la figura paternal. Un hijo se da cuenta de que puede humillar a su padre y hacerle sentirse pequeño si es más inteligente que él. A mí me encantaría que mis hijos me superaran como escritor, pero quién sabe lo que quiero inconscientemente. En lo más profundo de nuestro interior reina la ambivalencia".