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Cosas
para escribir
por
toni planells

Cuando septiembre amenaza otoño, mucha gente de la que se autoproclama
normal se echa en brazos de la tristeza o simplemente languidece. Y lo comenta,
en voz baja, pero lo comenta a su alrededor. Otros y otras, más económicamente
pudientes o más letrados o más glamourosos o más fashionables, anuncian, a
bombo y platillo y a los ocho vientos, que están tocando el fondo de una
depresión. Pero de melancolía, que viene a ser lo mismo, nadie habla. Nadie
está melancólico. La melancolía no está bien vista y –en literatura y otros
aspectos de la vida en general– se asocia a mujeres eternamente enfermizas y
cursis que deambulan por salones y bibliotecas polvorientas, enfundadas en négligées o saltos de cama rosa que, con una
eterna y mediovacía taza de té en la mano, se asoman a ventanales por detrás de
visillos de encaje y lloriquean entre biombos chinos, rincones, alcobas y
boudoirs. Vamos a dejar la tristeza, la languidez, la depresión y la melancolía
para la primavera, que es cuando duele y vamos a ponernos optimistas ante la
perspectiva de un otoño caliente, (todos los otoños vienen calientes por obra y
gracia de la prensa y de la politiquería doméstica) que es lo que se nos viene
encima. ¡Alégrate, colega que vamos a retomar la escritura! ¡Agárrate a la
herramienta y escribe! No importa lo que escribas –luego ya lo afinarás– pero
escribe, escribe y escribe. Acuérdate de la hormiga: almacena en verano para
consumir en invierno. ¿Has almacenado este verano experiencias, emociones,
sensaciones, sentimientos, aventuras, créditos y descréditos, amores y amoríos?
¿O sólo has almacenado cosas y objetos? ¿Has leído, o simplemente has paseado
libros por playas, montañas y chiringuitos? ¿Has metido cosas, objetos, ideas,
en tu mochila que te serán de gran utilidad en la larga e invernal marcha que
se avecina? ¿Has escrito propósitos? ¿Qué te has propuesto? ¿Hasta dónde
quieres llegar como escribiente? ¿Cuál va a ser tu camino? ¿Cuáles son tus
ejemplos a seguir? Hoy y aquí
hablaremos de cosas para escribir. Hasta ahora hemos hablado de lugares, de sentidos,
sensibilidades y sentimientos, de pasiones y personajes, de puntos de vista, de
símbolos y mitos, de teatros y de enclaves corporales e intenciones, de egos y
sexos, de miedos y minimalismos, de fantasías, de..., de..., de... Hoy
hablaremos de cosas, de objetos, de inanimaciones, de instrumentos. Observa
colega; en el rato que llevas leyendo ya hemos mencionado cantidad de objetos y
cosas que pueden servirte, o de las que puedes servirte a la hora de narrar,
ficcionar o novelar. Piensa, sin olvidarlo que –como su nombre indica– la ficción
es el arte de la finta, del fingimiento, del engaño. Por muy autobiográfica,
por muy realista, por más hiperrealista, por todo lo naturalista que sea tu
narración, es ficción, puro fingimiento y no otra cosa. Y los objetos, no sólo
ayudan a tu historia, pueden llegar a ser la fuente de inspiración que pone en
marcha el arte o la máquina de ficcionar. Así pues vamos a rendir visita a toda
clase de objetos y enseres y ver que nos sugieren a la hora de la verdad, a la
hora de escribir.
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Objetos y objetivos
Objeto es aquello que puede ser
conocido por los sentidos o por el entendimiento y es lo que se contrapone a
sujeto. Objetivo es lo relativo o perteneciente al objeto. Pero también es lo
que existe independientemente de la conciencia. Puede ser también aquello que
responde a la realidad verdadera. Y seguramente es lo que trata de los
acontecimientos, los datos y los fenómenos independientemente de reflexiones y
sentimientos propios del observador. Pero, principalmente, objetivo significa
intención o meta a alcanzar por una acción. Establecida la definición, vamos al
uso y función del objeto y del objetivo. Como dijimos líneas más arriba, ya han
salido a relucir diversos objetos: desde el prosaico bombo y platillo hasta una
mochila con ideas, pasando por biombos chinos, saltos de cama rosas, libros,
tazas de té semivacías. ¿Te atreves a desarrollar historias encabezadas por
títulos como: El asesino del bombo y
platillo. La mochila que estuvo en Alaska. El prosaico crimen del biombo chino.
Historias de négligée. (Memorias de una furcia)? El subtítulo sería una
imposición del editor. El incunable de Aquisgrán o Té verde y Polonio. Una nube, por favor. ¿Aceptas el reto? ¿Te
atreves a desarrollar éxitos literarios y best sellers a partir de tales y apasionantes títulos? Pero ni se te ocurra
pensar que los objetos son excusas para escribir. Considéralos fuentes de inspiración
que –como espoletas– hacen explotar narración, cuento, historia, ficción,
novela. La elección de un objeto –lógicamente– corresponde a lo que nos dice.
¿Hablan los objetos? Hablan, no lo dudes. Hablan si somos capaces de comprender
su peculiar idioma. Vamos a reflexionar sobre el proceso –naturalmente en clave
de decálogo– para conectar con los objetos protagonistas e inspiradores de
ficciones.
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Todos los objetos con denominación son ficcionables
1.-Mira a tu alrededor, hurga en tu imaginación y escoge un objeto.
O simplemente deja que sea el propio objeto el que te escoja a ti.
2.-Mira fijamente el objeto y responde sinceramente a las
preguntas: ¿Por qué? y ¿Para qué?
3.-Sitúate en una estancia, tú solo, en semipenumbra. Toma el
objeto entre tus manos, o simplemente tócalo. Concéntrate en él, cierra los
ojos y fíjate atentamente en lo que te dice, de lo que te habla y cómo lo hace.
4.-Visualiza el objeto en las más variopintas situaciones, lugares
curiosos, ambientes impensables, increíbles personajes.
5.-Colócalo, acompañando a un-unos personajes y asistiendo a tramas
y urdidos narrativos.
6.-Conviértelo en testigo mudo de diálogos, dramas, violencia,
amoríos, aventuras y desventuras.
7.-Pasa el objeto de mano en mano y conviértelo en el famoso “hilo
conductor” que guíe los diferentes pasajes de tu narración.
8.-Juega al psicológico ejercicio de asociación. Prepara un
inventario de objetos y relaciona cada uno de ellos con una acción, con una
forma verbal. Y hazlo de forma rápida, casi sin pensar. Deja que sea tu
inconsciente el que trabaje.
9.-Recuerda que las personas humanas –en una representativa
mayoría– somos esclavos de las cosas, de los objetos. Y debes tenerlo en cuenta
a la hora de tramar deseos, ilusiones, anhelos y afrontar, como no, las
llamadas bajas pasiones.
10.-Un último resorte. Un recurso interesante. Anima al objeto.
Dale vida propia. Conviértelo en protagonista de tu narración.
Del punzón de picar hielo al pendrive,
o breve inventario de objetos
A la hora de escribir, cada
objeto es un verdadero multiuso. Partiendo del famoso y ampliamente citado
punzón de picar hielo como útil doméstico o como arma del crimen, descubrimos
que el uso y la funcionalidad de los objetos reside –lógicamente– en su propia
función o en las necesidades y carencias de la situación narrativa. Una pesada
estatuilla de sobremesa puede ser una obra de arte, el arma del crimen, un arma arrojadiza en un
momento de ira o, simplemente un pisapapeles para que los documentos no se
vayan por los aires ante los embates del ventilador. ¿Quién le iba a decir al
inventor del papel higiénico que un día alguien –seguramente mujer– sentada en
el inodoro y ante la ausencia de pañuelo
de bolsillo iba a secarse las lágrimas y seguidamente a sonarse, con el papel
que colgaba del rollo y lógicamente –sin proponérselo– a inventar el pañuelo de
usar y tirar? Así pues debes –antes que
nada– contemplar la multifuncionalidad de los objetos que van a sugerir la
trama de tu ficción. Vamos a seguir ficcionando a partir de objetos. Y lo vamos
a hacer en forma de casos prácticos que tú deberás trabajar con la intención,
la inteligencia y la capacidad de trabajo que te caracterizan. Pero antes vamos
a considerar cuatro cosas que conviene comentar.
Hoy toca hablar de Shakespeare, (don Guillermo)
¿Pusieron a mi profesor de
literatura Díaz Plaja el nombre de Guillermo para reencarnar en él el espíritu
shakespeariano? Quien hipotetiza,
creativo e imaginativo debe ser. Mi buen amigo, historiador y autor literario
Don Pedro de Távara y Roncal es uno de los más hábiles inventores de hipótesis
de cuantos pudiesen existir. Una de sus más últimas, curiosas y posiblemente
brillantes hipótesis es la que anuncia que el acreditado creador de best
sellers Stephen King, no es una persona sino es un colectivo de autores.
También incluye en esta idea al multipolifacético David Mammet. Lo demuestra
con argumentos que rozan la irrefutabilidad y que, por razones de espacio no vamos
a citar. Anteayer visité a Don Pedro y le vi preocupado con un ramillete de
recortes de periódico en la mano, me recibió con su habitual simpatía y
blandiendo una frase amenazadora: no
tienen ni idea... Bien, la situación es la siguiente: Un grupo
de actores y académicos ha metido en el saco de la duda la figura del
hamletiano autor. Shakespeare como tal, no pudo existir. La obra de Shakespeare
la escribió otro. ¿Christopher Marlowe? ¿Francis Bacon? ¿Edward de Vere, conde
de Oxford? A tal fin, han elaborado una Declaración de duda razonable,
capitaneada por el actor Derek Jacobi y otras gentes de teatro. La idea viene
de lejos. La duda comenzó en las dudas de personajes como Mark Twain, Charlie
Chaplin, Orson Welles y John Gieguld, entre otros. Don Pedro de Távara se
muestra taxativo: ... era un colectivo,
trabajaban en equipo, Shakespeare era un de los líderes del colectivo que daba
su nombre a la compañía y el que coordinaba, transcribía y firmaba las obras
teatrales que se creaban –entre todos los actores– para su puesta en escena en
su propio teatro y por los propios actores-autores (Shakespeare entre ellos) A
partir de esta hipótesis y de la extensa documentación con la que Don Pedro me
apabulla, se me ocurre un disparador único y especialmente excitante. ¡Cuidado!
Si no lo escribes, eres un monstruo o una monstrua. Esta va a ser la gran
oportunidad del año y la mejor medicina para tu depresión otoñal. Toma nota y
abandónate en los brazos de tu imaginación.
Caso práctico único
Estás acurrucado en tu estudio
atendiendo a las razones anteriormente expuestas. Das como cierta la hipótesis
de Don Pedro de Távara. Ya lo tienes asumido y reconoces el mérito compartido
de la obra shakespeariana. Llaman a la puerta. Es el cartero con un certificado
a tu nombre. Es un paquete de forma rectangular, envuelto en papel grueso y
amarillento, con tu nombre y dirección escritos artísticamente. Firmas el
comprobante. Miras el paquete. Remite:
William Shakespeare. Vaya, veamos quien
es el bromista que me manda eso. Será
publicidad, piensas. Lo abres cuidadosamente. En su interior cuatro plumas
de ave usadas, pero en perfecto estado. Y un billete. Y un texto en inglés. Estimado sire: le mando las herramientas con
las que escribí Hamlet. Se las mando a usted para que haga buen uso de ellas.
Se que hay quien pretende disolver mi nombre en los avatares históricos y en un
colectivo inexistente. Sólo yo fui el único autor de mis obras. Si quiere
conocer la verdad sumérjase en los archivos de Strafford y compruébelo. Escriba
la verdad para que la conozcan los descreídos y las generaciones futuras. Dios
guarde a usted. Le ruego le transmita a mi admiración y mi afecto a Don Miguel.
William Shakespeare. Strafford upon Avon-1616-Annus Domini.
La suerte está echada. Aquí tienes
cuatro objetos para escribir. Inspírate en las cuatro plumas y desarrolla una
ficción histórica sobre lo que imagines que pudo suceder. No te quedes corto.
Vale más que sobre que no que falte. Y que la suerte vaya contigo.
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