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"Una de las cosas
más sugerentes del relato es lo que funciona por alusión, lo que no está
necesariamente dicho pero que determina las acciones de los personajes. Creo
que una de las cosas más difíciles y sugerentes de lograr es el control de lo
no-dicho, el valor de los secretos"
Entrevistado
por Silvia Adela Kohan
Publicada en Escribir y Publicar
Narrador mexicano,
además de la novela, trabaja el cuento con un ritmo propio, contundente,
especialmente en su libro, La casa pierde, diez relatos que parten de
una experiencia autobiográfica y cuya matriz es la imposibilidad de conocer a
los seres más cercanos, y en los que lo no dicho gana la partida.
¿Qué le aportó el taller de Monterroso, cómo
funcionaba?
El taller de Monterroso era muy peculiar. Era un taller al
que se asistía por concurso, y esto ya era una prueba de las exigencias que
íbamos a tener en él. Nos reuníamos en la biblioteca de Alfonso Reyes, una
biblioteca de dimensiones borgianas, inconmensurable. Durante un año, tres
alumnos discutían con Monterroso sus trabajos. Monterroso era uno de los
autores con mayor sentido del humor que yo conocí, sin embargo, como
tallerista, era extraordinariamente severo. Creo que la principal enseñanza que
le inculcaba a sus alumnos es que la literatura es muchísima más rica y
compleja de lo que ellos creen en un principio, de tal suerte que te hacía
sentir que estás mucho peor equipado para la literatura de lo que pensabas,
pero también que si logras escribir bien las recompensas serán mucho mayores de
lo que tú creías. Es decir, abre un panorama enorme. Yo soy muy aficionado al
fútbol y hace poco escuché que Valdano decía que Menotti lo autorizó a soñar.
La frase tiene un poco el tono épico de quienes practican el fútbol, pero
describe con justicia lo que es el sentido profundo de un magisterio: te
autoriza a tener sueños más elevados de los que creías tener. Y esto es lo que
hacía Monterroso, en sus manos la literatura se convirtió en algo mucho más
rico, más profundo, más severo, más exigente...
En una palabra, compromete.
Compromete. Escatimaba mucho los elogios, no era un hombre
que tuviera una actitud paternalista; al contrario, los efectos de su taller
fueron que mucha gente dejó de escribir, pero era un trabajo sanitario
necesario, porque si las pruebas son más altas vale la pena arriesgarte sólo si
de veras te gusta, porque él inculcaba la idea de que todo escritor siempre
debe considerarse un amateur. Uno escribe por afición, por pasión, nunca
por una recompensa que no sea la literaria.
¿Exigía la reescritura?
Sí. Yo pertenezco a una generación que estuvo muy
vinculada con la contracultura, con los medios masivos de comunicación, con el
rock. La primera sacudida de Monterroso consistía en demostrar a la gente de mi
procedencia cultural que la literatura tiene otra tradición, una tradición que
antecede a la cultura de masas. Nos decía: "Ustedes ven demasiadas películas,
quieren escribir cuentos que parezcan programas de televisión o películas.
Están pensando en términos de la cultura de masas y no en términos de la
literatura".
La verdadera
dimensión de la palabra...
Exacto, era un estilista que ponderaba muchísimo el uso
del lenguaje, pero como maestro era suficientemente generoso para descubrir la
voz propia de cada alumno, que pueden ser voces muy distintas a las suya, y
esto es importante porque creo que uno de los rasgos distintivos de un escritor
está en la voluntad de estilo, en el tener una voz personal. Monterroso decía
siempre: "Escriban como alguien que sólo puedan ser ustedes. Miren a todos los
gigantes, pero nunca salgan de su piel como escritores". Ayudaba al
descubrimiento de uno mismo a través del contacto con los otros.
¿En sus comienzos empleaba el mismo narrador?
Yo escribí mi primer libro en 1980, hace exactamente
veinte años y se llama La noche
navegable. Son once relatos. En aquel libro todos los cuentos
estaban muy cerca de mi experiencia. Escribí con un ánimo muy celebratorio del
mundo que iba descubriendo página a página. Es un libro de ritos de iniciación,
y en estas epifanías yo estaba muy cerca de mis personajes.
¿Era
autobiográfico?
Era una obra muy autobiográfica. Me identifico mucho en
aquel período con una frase del poeta mejicano Carlos Pellicer que le escribe
una carta a un amigo y le dice: "Tengo veintitrés años y el mundo tiene mi
misma edad". Todo era de su misma edad; el entorno era uno con el narrador.
Veinte años después creo que en La
casa pierde hay un ejercicio de distanciamiento, de escribir sobre
destinos que están alejados de mi experiencia, y escribir de ellos no tanto
porque los conozco de primera mano sino, por el contrario, porque no los
conozco.
¿Como si los
investigara?
Exactamente. La escritura como una zona de investigación
donde uno se cautiva por el fondo de misterio que tienen estas historias que
escribe porque las desconoce. Entonces, en el entorno, por supuesto quería
tratar que los ambientes fueran verosímiles y, por así decirlo, el deseo de
contar en dos pistas: por un lado, las acciones como tales en el mundo propio
de los personajes y, por otro, una mirada distanciada, un tanto irónica, que
comenta esto desde una relativa distancia porque tampoco quería yo pretender
que esos son mis mundos, sino que son diez ejercicios en los cuales he
intentado salir de mi piel, salvo en el último relato que se llama Corrección
y que se ubica en el ámbito de los escritores, en el que yo fatalmente estoy
metido pues es el mundo de las editoriales, los escritores, las envidias
literarias.
¿Podría ser que estas dos pistas tengan que ver con
algo que se observa como matriz narrativa, el saber y el no saber?
Exacto. Una de las cosas más sugerentes del relato es lo
que funciona por alusión, lo que no está necesariamente dicho pero que
determina las acciones de los personajes. Creo que una de las cosas más
difíciles y sugerentes de lograr en la literatura es el control de lo
"no-dicho", el valor de los secretos; es decir, cómo un personaje al callar
algo está determinando el cauce de la acción, cómo hay zonas de tensión en lo
que no se expresa o incluso en las ausencias de los personajes que
señaladamente en este caso son ausencias básicamente de mujeres; son mujeres
que orbitan a los hombres, que de algún modo determinan su destino, son figuras
anheladas, temidas, malentendidas, pero que están gravitando desde su misma
ausencia en las decisiones y las acciones de los personajes. Efectivamente, me
interesa mucho tocar estos temas.
¿Cómo trabaja los elementos testimoniales -de una
época, de un lugar- para convertirlos de esa manera tan interesante en ficción?
¿Cómo se los plantea?
A mí me gusta mucho la idea de reinventar los datos
cotidianos. Prácticamente todos los relatos ocurren en sitios que podrían
pertenecer a la realidad mexicana, pero son zonas imaginarias: una frontera de
contrabandistas en el norte, un equipo de segunda división en el Caribe, una
pensión en la ciudad de México. Todos estos lugares son espacios de la
imaginación. De manera simbólica, la pensión de la que hablo en La alcoba
dormida está en una calle que se llama "Licenciado Verdad". Existe
realmente esa calle en México, pero a mí me parece muy sugerente que Licenciado
que es el rango que se le da a los políticos, a cualquier persona que sea
profesionista en México y que es como un rango de status, se utilice para un
apellido, el apellido de La Verdad. Curiosamente, cerca de esta calle estuvo
la primera imprenta de México y la zona tiene cierto pedigrí literario; pero me
gustaba ubicar una historia de simulaciones de un hombre que se enamora de una
gemela y naturalmente no puede estar seguro si también ama a la otra que es su
copia idéntica, o si incluso las puede confundir, en una calle que se llamara
"Licenciado Verdad". Esto tiene que ver un poco con el manejo de la verdad:
partir de un dato real, pero transfigurarlo siempre literariamente. Sólo creo
en la reinvención, no creo en el reflejo mimético de la realidad.
¿Es imaginar lo
que ve?
Sí. O incluso, en el caso de algo que realmente haya
ocurrido, desordenarlo para que ocurra de otro modo en la literatura. Todo esto
sin llegar a lo fantástico ni a lo sobrenatural, salvo en ciertas zonas de
umbral donde se confunde un poco lo real con lo fantástico.
¿A qué tipo de detalles le da importancia en el
campo descriptivo?
Yo creo mucho en la visualidad de la literatura y en el
peso de los detalles insignificantes, cómo un objeto mínimo puede adquirir un
valor simbólico y cómo una cuchara en una historia puede ser tan importante
como la espada Excalibur. Este tipo de valor agregado a los objetos cotidianos
me parece que puede ser muy importante en la escritura. A mí me gusta mucho y
he procurado hacer una narrativa que se construye desde la visualidad y el peso
significativo de los detalles.
¿Le atrae bastante Onetti?
Sí, así es. En Onetti me interesa mucho el peso de las
atmósferas, también la dignidad especial que le da a los espacios decrépitos,
arruinados, desastrados. No creo que en Onetti haya un feísmo o una exaltación
de la derrota; lo que hay es más profundo y más difícil de obtener, y es la
grandeza y la nobleza que puede haber en ciertos destinos quebrados. Esto me
parece muy interesante, esta gran poética del descalabro que es la obra de
Onetti me parece de lo más sugerente para un escritor, y la capacidad de
tergiversar y aun de invertir las nociones de éxito y fracaso. Es decir, un
personaje de Onetti que fracasa voluntariamente, tiene un rango épico tan
grande como el de las luminarias de Hollywood. A mí me cautiva más, pero es por
la épica de esa derrota buscada.
Trabaja la figura de cierto tipo de mujeres: las
gemelas, la adolescente, la prostituta, ¿vinculadas a la obra de Onetti?
Hay dos tipos de mujeres fundamentales que son
interesantísimas narrativamente y que son dos polos de la experiencia. Por un
lado, las adolescentes, que representan la inocencia, el descubrimiento del
mundo y de ellas como un mundo y un territorio; y por otro, lado la prostituta
como un resumen de la experiencia y como un descreer de esa experiencia. Estos
dos polos son fascinantes para la literatura: uno implica el descubrimiento y
el otro la crítica de lo descubierto. Hay una tensión muy grande en estos
personajes, ya sea dotados de inexperiencia o saturados de experiencia, en las
figuras femeninas de Onetti. A mí me gustaría que algo de eso estuviera en mi
literatura.
¿Cómo planifica la estructura de un libro de
relatos?
Tardé mucho en hacerlo, doce años, entre otras cosas
porque me costaba mucho trabajo llegar a una noción de unidad. El primer relato
que escribí fue allá por el 1986, obviamente no fue concebido como parte de un
libro, sino como un relato suelto y, en efecto, a mí no me gustan los libros de
cuentos como un cajón de sastre, donde hay retazos de distintas telas que
podrían ser sustituidos por otros retazos sin pérdida alguna. Me interesaba que
hubiera destinos y escenarios suficientemente variados, pero una tensión
estilística común y ciertas atmósferas familiares en el libro y una voluntad de
estilo. Hay elementos comunes como el juego, el azar y sobre todo los valores
intercambiables del triunfo y la derrota; quizás cierta ironía un tanto amarga
que recorre todo el libro. También quería que desde el punto de vista de la
extensión de los relatos fueran zonas más o menos equivalentes, que el libro no
se cayera mucho en detrimento de algún relato protagónico que fuera el gran
recital y que estuviera orbitado por pequeñas lunas. Todo esto me interesaba y
tardé doce años por esa exigencia de lograr un conjunto. Eso no significa que
yo haya sido un artífice devoto que está todo el día trabajando. Soy un autor
muy disperso y entre tanto hacía periodismo para ganarme la vida, escribía para
niños, escribí un par de novelas. Había otras cosas en medio, pero siempre fue
como un ruido de fondo y un regreso a esa estética, a ese tono.
¿Cómo estructura una novela? ¿Cómo se la plantea?
Mi primera novela partió de la obsesión de que no
pareciera la novela de un cuentista, pues yo he escrito fundamentalmente
cuentos y tengo una tendencia natural hacia ellos. Por lo tanto, es una novela
sin capítulos, en donde una serie de fragmentos van construyendo una historia
de conjunto. Es una novela sobre la mirada y sobre la ciudad de México que se
llama El disparo de Argón.
Así se llama al rayo que los oftalmólogos proyectan sobre el ojo para
cauterizar una retina. Transcurre en una clínica de ojos de un supuesto
discípulo del doctor Barraquer y que reflexiona sobre la mirada, la ciudad,
pero en este calidoscopio yo quería hacer una novela que fuera unitaria y que
derrotara toda noción de cuento, aunque surgió de uno que estaba escribiendo y que
cobró una desmesura y una lógica que no era la del cuento; una lógica
divagatoria que tocaba demasiados rincones. La segunda novela que escribí, Materia dispuesta, está construida
a partir de siete relatos. Puesto que ya había escrito una novela donde todo
era una unidad, intenté explorar el relato acumulativo, donde va cambiando la
densidad. Los relatos están escritos en distintas personas gramaticales. Es una
novela de aprendizaje, y es un pequeño guiño, porque lo es en un país que tiene
muy pocas cosas que enseñar, en un país muy poco edificante. A diferencia de
las novelas canónicas del siglo XIX, que se enfrentan a valores asentados y
establecidos, los protagonistas entran a una sociedad tan desconcertada que la
tierra misma tiene una actitud vacilante. La novela ocurre entre dos
terremotos, va del cincuenta y siete al ochenta y cinco y los primeros tres
capítulos son un recorrido en primera persona, los últimos tres en tercera
persona y el intermedio es el que corresponde al cambio de voz de un adolescente,
es por momentos una voz en primera y otros en tercera persona, un poco el niño
que ya no es y el adulto que todavía no es, mezclados.
¿Y qué es lo que le da la unidad?
El derrotero general del personaje. La educación
sentimental de conjunto a lo largo de veintiocho años. Y la pretensión por mi
parte es que haya una acumulación que haga que cada relato cambie el sentido
del anterior, es decir, que tengan un sentido global y acumulativo. Por decirlo
de otro modo, una historia transversal que recorra los siete relatos.
¿El final lo sabía anticipadamente?
Yo creo que es mejor escribir tanto novela como relato
cuando se tiene una noción del final y uno escribe más de atrás hacia delante.
En mis primeros relatos, subía, por así decirlo, al ring sin saber que
estrategia iba a tener y según los golpes que recibía iba yo reaccionando. Hoy
en día trato de tener un final dominado que potencie el camino que conduce a
él.
¿Aunque después lo cambie?
Claro, porque muchas veces el proceso de escritura
consiste en extraviarte para encontrar la ruta que buscabas en secreto y que
sólo te la podía dar el proceso escriturario. Todos hemos hecho ese proceso
casi chamánico para acabar escribiendo algo que no sabíamos que íbamos a
escribir. Al final de una larga expedición uno es otra persona.
¿Qué le diría a quien desea ver publicados sus
trabajos literarios?
Un escritor no debe renunciar a su propia voz ni a su
propia apuesta. La literatura es un juego de tahúres y uno debe confiar en la
carta con la que juega. Si esa carta es triunfadora, es una cuestión de suerte
y así se debe entender, pero no se debe cambiar la apuesta. Paciencia y
barajar, decía Cervantes. Considerar que tú tienes razón y no el mundo.
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