Entrevista a Stéphane Audeguy

Por Iván Humanes Bespín

 

El escritor francés Stéphane Audeguy mira al cielo. Hay pocos escritores que se hayan dedicado a ello, y Stéphane Audeguy, profesor de Historia del Cine y del Arte, con su primera novela La teoría de las nubes (El Aleph) lo traslada al papel. La naturaleza y el hombre quedan reflejados en tinta, a la espera de que el lector complete esa relación.

 

¿Por qué eligió las nubes para su primera novela?

Todos admiran la belleza de las nubes. Son un objeto interesante para hablar del mundo actual. Por ejemplo, la meteorología en general es una manera de pensar el globo en su totalidad y una forma de hablar de lo mundial en estos momentos. En esta novela describo un tsunami, que sucede en 1894 y luego, al publicar el libro en Francia, un año más tarde sucedió la catástrofe del tsunami de Asia y se convirtió en un fenómeno global. Es el equivalente al once de septiembre pero sin estar politizado, ya que los americanos pretenden que ese once de septiembre sea algo universal, lo que yo me niego a aceptar. En cierta manera las nubes están asociadas también a esa contaminación.

Las nubes participan en la forma de ser del texto, la narración es frágil, contenida, las historias son cambiantes. ¿cómo construyó la novela?, ¿le quería dar esa sustancia etérea que tienen las nubes?

Para mí las nubes encarnan la belleza y la fragilidad de la vida. La novela ha estado construida como una nube, es cierto. Para empezar no la escribí siguiendo el orden que aparece reflejado: en el ordenador crecía de forma irregular y en la pared tenía unos post-it que se iban moviendo, componiendo la narración. Si he conseguido lo que quería hacer, la novela sería en sí mismo una estructura nebulosa, con parecidos a los bordes de las nubes, con sus dimensiones fractales, y esta estructura le da una cualidad de poesía, al ser muy importante la rima.

En La teoría de las nubes sus personajes están insatisfechos, frustrados sexualmente. ¿podríamos decir que la novela es una gran nube negra?

Me pregunto si se puede hacer una novela donde los personajes están satisfechos, y es un buen proyecto: me gustaría hacer una novela donde no sucediese nada, pero en el buen sentido de la palabra. Hay un dicho en francés que dice que las personas felices no tienen historia, espero que sea así porque todavía no se ha escrito su historia. Es una buena pregunta, intentaré explicarme: la satisfacción sexual me interesa como punto de partida de la novela. Cómo indica Houllebecq, la satisfacción sexual no debe participar de la general, la satisfacción sexual es relativamente fácil de conseguir mientras que la espiritual es más difícil. Hay una relación entre la satisfacción sexual y la ciencia, entre la potencia del saber y la potencia sexual. La ciencia no es algo totalmente descarnada y desasociada del ser humano, me he inspirado mucho en Newton: es el fundador de la física moderna que luego derivaría en Einstein y la bomba atómica, Newton estaba obsesionado con estudios cabalísticos y fue virgen durante toda su vida (sobre todo porque se sentía atraído por los jóvenes de su laboratorio). Me interesa cómo una sociedad utiliza la energía de los individuos que la componen y estoy convencido que la insatisfacción sexual es el síntoma de la desreglamentación de la sociedad occidental.

Akira Kumo es uno de sus personajes, un modisto japonés de 70 años que contrata a Virgine Latour para que catalogue su colección de libros sobre nubes, en la narración se deja entrever una cierta influencia oriental en su forma de narrar.

Me sumergí en la narrativa japonesa, es una cavilación mucho más contemplativa con respecto a la naturaleza. Cuando un occidental inventa la meteorología es para cambiar el clima, no sólo para conocerlo, desde este punto de vista no hay un conocimiento desinteresado y la novela habla un poco de todo esto. La idea general es que la sociedad occidental tiene una característica de depredación y violación sobre la naturaleza. De la misma manera es esta característica la que le da a la civilización occidental su superioridad. El problema es la potencia, cómo controlar esa potencia que se consigue con ello.

El hombre de hoy parece muy alejado del cielo, de la tierra, ¿ha perdido su situación en el Cosmos?

No, no creo que se haya perdido. Nuestra relación, eso sí, hay cambiado. Los novelistas tienen como función presentar al público una imagen del mundo donde está, porque ese público está en este mundo pero no lo reconocen. En las grandes ciudades es imposible ver las estrellas y los astrónomos se quejan, no se pueden hacer observaciones en las ciudad, al ver un mapa luminoso del planeta sólo quedan dos o tres puntos negros, y esos puntos negros son los más hostiles del planeta: Patagonia, a seis mil metros de altura, en medio del Sudán. Está claro que con la modernidad se ha perdido un tipo de relación con la naturaleza, pero debemos recordar que esa relación era muy peligrosa y mortal, los hinuís viven en conjunción con el mundo pero tienen una esperanza de vida de 45 años. Y los hombres continúan teniendo una relación con las fuerzas naturales, el ejemplo lo encontramos en el deporte, que es un fenómeno masivo de los últimos cincuenta años y los novelistas deberían profundizar más en ello: la práctica del deporte, el espectáculo del deporte, relaciona al hombre con su medio natural. Y la meteorología y la televisión, el interés de la gente por las catástrofes naturales y la meteorología, es un nuevo signo de esas personas que quieren situarse en este mundo natural. Soñamos con una relación natural directa pero no destructora, el objeto simbólico de esto hoy en día es la energía eólica. Estamos intentando crear una nueva relación con la naturaleza. Me sorprenden los partes meteorológicos mundiales que pasan por televisión, se mira si se está interesado, y eso hace que tengamos una conciencia global del planeta. Es cierto que esa conciencia global se tiene que desarrollar en el campo político, social, etc., pero es un síntoma. Nos hace ilusión saber que en Bombay están a 32 grados.

Uno de los elementos sorprendentes de la novela es su gran fluidez pese a que no tiene ni una línea de diálogo, ¿cuánto hay de poesía en La teoría de las nubes?

Es totalmente intencionado, no hay ni un diálogo. Es una reacción un poco estúpida, pero la asumo, contra la moda francesa de hacer novelas muy dialogadas, que es una excusa para escribir de cualquier manera. Quería una novela muy literaria. Aunque prometo hacer una novela únicamente con diálogos, pero se diferenciarán las voces, lo complicado es precisamente lograr esa diferencia, en las novelas dialogadas todo el mundo habla de la misma manera. Me gusta ponerme unos límites, como músico tomo una tonalidad y continúo: el libro está escrito en primera persona pero no hay ningún yo, siempre es un tú. Y no hay diálogo en la novela pero queda compensado: en mi mente estaban grabadas las historias que quería explicar. Es más podríamos decir que los diálogos que no se ven existen, lo que sucede es que se dirigen silenciosamente al lector. Es el deseo de contar historias lo que hace que la novela sea fluida. Y estoy influenciado por la novela pero también por la poesía, que tiene la capacidad de ocuparse de aspectos elementales, en el sentido natural y más simple y esencial para la vida. Todos los grandes novelistas como García Márquez, Diderot, Cortazar, Melville o Haruki Murakami tienen mucho de poesía. La primera frase de mi novela: "Hacia las cinco de la tarde todos los niños están tristes: empiezan a entender lo que es el tiempo", es un homenaje a García Lorca, a su llanto por Ignacio Sánchez Mejías, ese poema que comienza así: a las cinco de la tarde. En la poesía lo que me interesa es esta manera de tomar detalles muy precisos de la existencia y de darles un sentido espiritual muy rico, objetos muy concretos y a la vez metafísicos.

Habló anteriormente de Houllebecq, ¿qué opina de sus personajes? ¿Y de la obra de Fernando Arrabal, que hace poco recibió la medalla de honor de la Legión francesa?

He leído mucho a Fernando Arrabal, sus traducciones francesas de los 70 y los 80. Leyendo a Arrabal encontré parte de la libertad surrealista, y a Fernando Arrabal lo incluyo en los poetas. Lo que me sorprendió de él es que quería hacer una mitología de la modernidad, por esto también me han interesado siempre escritores como William S. Burroughs, Kerouak, etc. De Arrabal me ha marcado El cementerio de automóviles. Tengo que releerlo. Y de Houllebecq me siento alejado. Me interesa la intención de hacer una mitología de la modernidad, pero su obra es tremendamente depresiva, pone a la gente en una curva descendente. Podría decir que mis personajes empiezan donde los de Houllebecq terminan.

¿Ha alcanzado con su novela el éxito literario? ¿Cuál es el secreto para conseguirlo?

No hay recetas. Y no se puede confundir logro y éxito. El éxito no depende de uno ni del editor, de nadie, es algo muy extraño. Hay una máxima de la filosofía estoica que viene a decir que hay cosas que dependen de nosotros y otras que no, pues sólo deberíamos ocuparnos de las que dependen. Desde el punto de vista del logro, estoy orgulloso del libro. Empecé a escribir tarde en mi vida porque yo quería hacer libros perfectos, y como todas las personas que quieren ser perfectos, no hacía nada. Terminé el libro porque acepté hacer libros imperfectos. Espero que el libro, su perfección, la complete el lector

                                                                                  

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