Santiago Roncagliolo


Por Iván Humanes Bespín

Entrevista publicada en Escribir y Publicar nº 47

 

Santiago Roncagliolo ganó el Premio Alfaguara de novela en 2006 con Abril rojo. Siempre quiso escribir un thriller, un policial sangriento en serie y con crímenes monstruosos. Encontró los elementos necesarios en la historia de Perú, su país: una zona de guerra, una celebración de la muerte como la Semana Santa, una ciudad poblada de fantasmas... El fiscal Félix Chacaltana Saldívar investiga esos asesinatos. Y conoce el horror.

 

¿Abril Rojo es un thriller sangriento? ¿Una novela sobre el terrorismo y la represión militar? ¿Qué sucesos narra su novela?

Es curioso, porque a mí me interesaba por un lado hablar de cosas que pasaron en mi país, en la guerra contra el terrorismo y que ni siquiera nadie sabe que han pasado. Murió más gente que en Chile, Argentina o Uruguay durante sus dictaduras. Nadie sabe mucho de ese proceso pero es muy parecido a los que hay ahora en la guerra contra el terrorismo. Yo creo que el escenario del campo en Perú debió parecerse mucho a Bagdad, o al Líbano quizás, a los escenarios donde se combate el terrorismo con medios militares. Pero a la vez me interesaba hacer un thriller, que es un género que siempre me ha apasionado y que siempre me gustó muchísimo, porque yo empecé a leer cuando era muy pequeño con Agatha Christie, y me agradaban tanto las novelas negras de Dashiel Hammet como más tarde las películas tipo Seven o El silencio de los corderos. Cuando se juntaron esos dos elementos, surgió la novela. Y entonces descubrí que la historia de mi país era un thriller en realidad, cuando no es una comedia absurda es un thriller... Ahora, aparecido el libro, mi editora está aterrorizada con que yo mencione la palabra "política" en España. Dice que en cuanto digamos eso no vendemos nada. Así que aquí lo promocionamos como un thriller, como una novela de asesinos y cadáveres, y en América Latina, donde lo que importa es la política, se promociona como una novela política. Todo el mundo encuentra en la novela cosas que también se dan en sus países: en Colombia la violencia guerrillera, en Argentina la violencia de Estado, en México la corrupción. en cada país hay algo similar a lo que se narra y fue Perú.

 

Porque, en cierto modo, el terrorismo y el thriller tienen como punto en común la violencia, ¿cómo utilizó la violencia en su historia?, ¿qué le aporta la violencia?

Me da un escenario para hablar de la muerte y de la guerra, y también, por lo menos según la violencia que se dio en Perú, me permite hablar de lo que a mí siempre me interesado: las partes más oscuras del ser humano. Y de la ambigüedad moral, esa extraña oscilación o punto de equilibrio entre los psicópatas y los perdedores, entre los que obedeciendo las reglas no satisfacen sus ambiciones individuales y su opuesto, el psicópata, que por satisfacer sus ambiciones se carga cualquier regla, incluso la de no matar a la gente. Me interesaba hablar de todo eso y utilicé el escenario de la violencia en Perú. Pero podría ser el escenario de cualquier guerra. En la guerra civil española también es posible hacer algo similar, y luego podría ser leído en cualquier lugar, como propio. Abril rojo está siendo una novela muy traducida, y eso me sugiere que la gente encuentra en la historia sus propias guerras y lados oscuros.

 

Creo que está muy de acuerdo en cómo, por ejemplo, trata el escritor Javier Cercas la guerra, y cómo Chuk Palahniuk hace lo propio con la violencia.

No sé si tanto Palahniuk, pero me gusta mucho en cuanto al tratamiento de la violencia el inglés Mc Ewen, o Coetzee, incluso el Tabuchi de Sostiene Pereira. Lo que me gusta de Cercas o de Martínez de Pisón es que construyen un retrato más coherente, más lógico, más sensato de una guerra, porque parece un poco absurdo (quizás porque yo soy de afuera) que lo que se escribió de la guerra civil durante cuarenta años fuera de un lado y durante treinta del otro. Y estos autores empezaron a hacer notar cosas muy obvias como que puede haber un buen escritor anarquista o un montón de asesinos republicanos, y creo que eso completa la visión que uno tiene de la guerra y permite entenderla de una manera más razonable. Pensar sólo que había buenos y malos en ningún caso nos permite explicar las cosas, si acaso afirmarnos, tomamos parte y nos preocupamos en justificar a los nuestros, pensamos que sus crímenes son justificables y que los otros son unos canallas y que sus crímenes no tienen perdón de Dios. Visto desde fuera es absurdo, y me interesaba la manera de abordar el conflicto como ellos lo hacen, que es la única manera de comprender y redimirte un poco de la guerra. Y me interesaba para Perú. Todos son moralmente muy ambiguos en la novela. Curiosamente he hablado en Perú con policías y terroristas, que son los personajes de Abril rojo, y los dos dicen lo mismo: que agradecen que los haya tratado con respeto y no como unos animales salvajes, pero no entienden porque también traté así a los otros porque realmente esos sí que eran unos salvajes.

 

¿Quién es el fiscal de distrito adjunto Félix Chacaltana Saldívar en Abril rojo? ¿Tiene simpatía por el antihéroe?

En un tiempo sin verdades, como el actual, tampoco puede haber héroes, porque un héroe tiene que luchar por algo ideal que está por encima de cualquier otra consideración. Mientras hacía la investigación de esta novela en Perú descubrí que los asesinos siempre se creen que son héroes, y que probablemente nuestros héroes sean una panda de asesinos que no tienen ningún escrúpulo respecto a ningún ideal abstracto: patria, justicia social. Realmente prefiero un mundo donde no se necesiten héroes. Un mundo donde podamos ponernos de acuerdo de la manera más mediocre e interesada, y no necesitar que nadie mate por ninguna razón, porque es muy difícil de controlar luego. Chacaltana es el antihéroe, ha escogido la bondad, seguir una serie de reglas que le garantizan que va a ser bueno, no quiere plantearlas ni reformularlas, él sólo quiere seguir en su pequeño mundo que le ofrece la ley y que le hace sentir lo correcto. El problema es que él va descubriendo que ni haciendo lo correcto, ni aún siendo escrupulosamente observador de las leyes, es una persona buena. La bondad se termina sin saber qué es. La gente que le admira es tan siniestra que no puede distinguirla de los enemigos. De alguna manera la novela narra la crisis moral, la crisis de fe, la pérdida de la inocencia de Chacaltana.

 

¿Se puede establecer alguna similitud entre el fiscal Chacaltana y el Pantaleón de Vargas Llosa o el Pereira de Antonio Tabucchi?

Chacaltana es más exagerado que el Pereira de Tabucchi. Más a lo bestia. Pero básicamente la actitud es la misma que Pereira, tratar de negar la realidad, de ver lo que ocurre. Pereira hace sus obituarios de escritores y a Chacaltana le gusta su Chocano, su poeta nacionalista... Pensaba que esa similitud era muy descarada y que todo el mundo la vería demasiado obvia, pero nadie la ha visto. Todo el mundo ve a Lituma y a Pantaleón de Vargas Llosa, que son precisamente a los que no quería parecerme. Lo peor es que luego a Mario Vargas Llosa le gustó la novela y lo ha dicho en público, y yo me siento como el adolescente que hace todo lo posible por rebelarse pero su papá no le deja, un parricida al que su padre no le permite matarlo.

 

¿Se revela cuando escucha que el policiaco o el thriller es un género menor?

Ha cambiado mucho la manera de entender la literatura del siglo XX acá. El siglo XX fue un siglo de gran ambición intelectual, teníamos las utopías políticas y las vanguardias artísticas y había que darle la vuelta a todo lo conocido. Se tenía la idea de que si un género representaba la repetición de una forma, ese género era despreciable, porque la ambición era inclusive romper los límites del género: Joyce, Faulkner, el boom, los postmodernos. Se escapaban de cualquier concepción de género. Sucede que en todo ese siglo, que fue muy ambicioso políticamente, el comunismo fue el camino más largo del capitalismo al capitalismo, técnicamente el hombre llegó la luna y hemos acabado con miles de ingenieros sofisticados, fue ambicioso artísticamente, etc. pero mucha gente en América Latina opina que el arte y la literatura son directamente incomprensibles. Vivimos en un tiempo de consuelo y escepticismo en el que hemos revisado las expectativas a la baja y de alguna manera la literatura era lo que vino a ser el siglo XIX, es decir, a ser el arte de contar historias, ya no de transgredir los límites de la realidad. Yo no considero, y cada vez se considera menos, que el artista sea una especie de Dios con una intuición superior al resto del mundo, el escritor es un artesano que construye una historia. En ese sentido, eso revalora el género porque el género es una obra de arte donde sigues una serie de reglas y se valora cómo las has ejecutado.

 

Pero en Abril rojo, ese regreso a la forma de contar del XIX es relativo, parece que prefiera más transgredir y no volver a caminos formales y clásicos.

No me interesa hacer una literatura elitista. Una de las razones por las que hago grandes campañas promocionales, en América Latina en particular, es porque la literatura es muy elitista, escriben unos escritores para otros y hablan unos escritores para otros, y no se les entiende ni la mitad. Yo admiro mucho a Kubrik, o como escritor a Mc Ewan. Si tú tienes una reflexión sobre la guerra y la violencia, sobre la muerte, debes hacer una novela que hable de eso y ponga en juego las ideas, o si quieres un relato, una reconstrucción sobre la guerra en Perú, lo mismo. Pero si quieres una novela con psicópatas, sangre y descuartizados, también puedes hacer una novela con varias lecturas, tanto para la cultura popular como para la alta cultura. Eso es lo que yo considero buena literatura. Evidentemente puedes hacer una novela muy entretenida pero hueca, o una novela equipada con notables reflexiones sobre nuestra existencia pero en la que nadie llegue a la página tres. La literatura más placentera está en el medio, en el lugar en el que mueve tu razón y tus emociones.

 

¿De alguna forma ya ha conseguido su meta literaria con el premio?

Ya he conseguido con la literatura más de lo que pensé que podría conseguir en la vida. Lo que va cambiando y nunca dejará de cambiar, espero, es el oficio que tengo. Cada vez manejo más recursos y cada vez controlo mejor el tipo de cosas que quiero hacer con el libro. Lo siento cuando leo escritos antiguos, muchos están llenos de defectos y errores. Y creo que eso es bueno porque significa que he progresado desde el momento en que las escribí, si no lo viese sería que estoy estancado. Supongo que materialmente puedo darme por satisfecho, e incluso puedo fracasar durante los años siguientes sin ningún miedo.

 

¿La literatura es para usted una condena?

Sí. En mi caso es una condena. Ahora estoy contento, pero mi primer libro batió el récord mundial de rechazos editoriales. Fue rechazado por catorce editoriales en cuatro países distintos, hasta que descubrí que no es que fuese un genio incomprendido sino que era muy malo el libro. El segundo fue rechazado con menos énfasis, pero también. Y tengo un libro de cuentos que nunca se publicará. Claro, en todo este proceso me preguntaba por qué sigo escribiendo, nadie me quiere publicar, nadie me querrá publicar nunca, no tiene sentido seguir haciendo esto y cambiar de país y perseguir a los escritores para darles el manuscrito. Ahora entiendo que no había más remedio, que por alguna razón pesa sobre mí esta condena. Y espero que en general me vaya bien porque cuando me vaya mal también voy a estar escribiendo, no voy a poder evitarlo. Es bonito cuando te premian y cuando te va bien, pero hay momentos complicados donde te preguntas por qué no fui cajero de banco, al menos tendría una existencia más previsible.

 

¿La constancia es la clave? Dénos algún consejo para el escritor que comienza.

Supongo que debe saber que tienes estar preparado para que te ignoren, te rechacen, te desprecien, ni te hablen, te miren por encima del hombro en las fiestas del mundo editorial, se burlen de ti, no existas. Si logras sobrevivir a todo eso no tienes más remedio que ser escritor. Lo cual no sé si es bueno, pero por lo menos vas a ser un escritor. Cuando uno es muy joven tiende a no tener conciencia de las limitaciones y a pensar que su voz es genial, y no encaja bien las críticas. Yo siempre pedí críticas. A editores. Siempre que me rechazaban demandaba una explicación. Y eso también me ayudó a no trabajar a ciegas, pude saber cómo leían la literatura otras personas fuera de mí. Seguid fastidiando. Ese es el consejo: seguid fastidiando. Aunque sea para que los dejen en paz, te escucharan.

 

 

 

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