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Yo
nunca he hecho una carrera de nada, sabe usted, ni siquiera de la literatura.
Empecé sin nada, excepto una especie de pasión, un deseo impulsor. No sé de
dónde venía y no sé por qué he sido tan obstinada en ese sentido que nada pudo
desviarme. Pero esta cosa que existe entre mi persona y mi literatura es el
lazo más fuerte que he conocido con cualquier otra persona u otro trabajo que
haya realizado. Empecé a escribir cuando tenía seis o siete años, pero también
tenía multitud de otros semitalentos: quería bailar, quería tocar el piano,
cantaba, dibujaba. No se trataba en realidad de simples aficiones: lo
investigaba todo, experimentaba con todo. Y además hay que tener en cuenta que
entonces no había muchas diversiones. Si una quería oír música tenía que tocar
el piano y cantar una misma. La mayoría del tiempo dependíamos de nuestros
propios recursos: nuestra propia música y nuestros propios libros. Las casas
estaban llenas de libros para ser leídos y nosotros los leíamos. ¿Qué libros influyeron más en usted? Es
difícil contestar, porque yo crecí en una especie de mezcolanza. Leí los
sonetos de Shakespeare a los trece años y estoy completamente segura de que me
causaron la impresión más profunda de cuanto haya leído. Durante un tiempo supe
de memoria toda la secuencia. Ese fue el momento decisivo de mi vida y después,
de un solo golpe, todo Dante. Las obras teatrales las vi en escena pero no
recuerdo haberlas leído con algún interés. Ah, bueno, y leí todo tipo de
poesía: Homero, Ronsard... y también a los filósofos laicos, Montaigne me
influyó enormemente cuando aún era muy joven. Un día, cuando tenía catorce
años, mi padre me llevó ante una gran hilera de libros y me dijo: ¿Por qué no
lees esto? ¡Te sacará unas cuantas ideas tontas de la cabeza! Era la colección
completa de ¿No cree usted que esos antecedentes -el relativo aislamiento de la vida rural del sur del país y el ambiente de interés literario- ayudaron a formarla como escritora? Creo
que es algo que se lleva en la sangre. En nuestra familia siempre hemos sido
grandes escritores de cartas, lectores y narradores orales. Durante toda mi
vida he escuchado a personas intelectualmente bien formadas. Todos ellos eran
grandes narradores de historias y cada historia tenía forma, sentido y objeto. La protagonista de muchos de sus relatos
es definida, y se define a sí misma a menudo, en relación con una organización
familiar. Sí,
pero no fue algo hecho a conciencia ¿Sabe usted? En aquellos días nos sentíamos
unidos y vivíamos juntos porque pertenecíamos a una familia. La cabeza de
nuestra casa era una abuela, una vieja matriarca, una mujer verdaderamente
adorable y hermosa, un alma buena, de modo que no nos hacíamos ningún daño.
Pero lo importante es que vivíamos así, con las amistades ancianas de la
abuela. Y también estaban los jóvenes, todos ellos mayores que yo; cuando yo
era una niña de ocho o nueve años ellos tenían entre dieciocho y veintidós y
representaban para mí todo el encanto, toda la belleza y la alegría y la
libertad. Estaban también los de mi edad y luego los bebés. Usted parece sentir poca de esa
preocupación peculiarmente sureña por la culpabilidad racial la muerte de la
antigua vida agraria. Yo
soy sureña por tradición y por herencia, y tengo sentimientos muy profundos
respecto al Sur. Y, por supuesto, pertenezco a esa sociedad blanca agobiada por
un sentimiento de culpa, pero ese problema sencillamente no me caló muy hondo.
Tal vez no soy lo suficientemente judía, o puritana, para pensar que los
pecados de los padres los pagan sus descendientes hasta la tercera y cuarta generación.
O quizá ello se deba a mis influencias europeas, en Texas y Louisiana. Los
europeos no tenían esclavos ellos mismos, pero pensaban que la esclavitud era
una cosa muy natural... Pero ¿sabe usted?, yo siempre fui inquieta, siempre fui
un espíritu errabundo. Cuando era muy niña me escapaba a cada rato de casa. Una
vez, cuando tenía unos seis años, mi padre fue a buscarme por ahí y más tarde
me contó que me había preguntado: "¿por qué eres tan inquieta? ¿Por qué no
puedes quedarte aquí con nosotros?" y yo le dije "Porque quiero ir a ver el
mundo. Quiero conocer el mundo como la palma de mi mano" Y a los dieciséis años lo hizo
definitivamente. A
los dieciséis años me fugué de Nueva Orleáns me casé, y a los veintiuno volví a
escaparme, me fui a Chicago, conseguí un empleo en un periódico entré a
trabajar en el cine. ¿En el cine? El
periódico me envió a los viejos estudios cinematográficos S. Y A. para hacer un
reportaje. Pero me metí en una cola que no era la que me correspondía después
fui demasiado tímida para salirme. "Por aquí, amiguita", me dijo el hombre y de
repente me encontré en una escena de un juzgado con Francis X. Bushman. Me
sentí horrorizada por lo que me había sucedido, pero me pagaron cinco dólares
por el trabajo de ese primer día, así que me quedé. Pasó una semana antes de
que recordara a qué me habían enviado, y cuando volví al periódico me dieron
dieciocho dólares por el trabajo que no había hecho durante esa semana y me
despidieron. Me quedé trabajando en los estudios durante seis meses -finalmente
llegué a ganar casi diez dólares diarios- hasta que un día me dijeron: "Nos
vamos a California". "Pues yo no", dije. Bueno, eso fue en 1914 y ¿Y después? Después
me dediqué a cantar antiguas baladas escocesas con vestuario típico que yo
misma confeccioné por todo Texas y Louisiana. Después me dijeron que había
contraído tuberculosis y pasé como seis meses en un sanatorio. Sólo era
bronquitis, pero estaba en Denver y me conseguí un empleo en un periódico.
Recuerdo que usted una vez me aconsejó
evitar eso a toda costa; me dijo que era preferible ponerse a hacer picadillo
en un restaurante. O
cualquier otra cosa, la que sea. Duré un año en ese empleo y eso fue lo que me
convenció de que no me estaba haciendo ningún bien. Después siempre tomé
empleitos aburridos que no ocupaban mi mente ni todo mi tiempo y que, por otra
parte, me permitían ganar lo suficiente para subsistir. Creo que sólo he
dedicado el diez por ciento de mis energías a escribir. El otro noventa por
ciento lo dediqué a mantenerme a flote. Creo que eso es un error. Hasta Santa
Teresa dijo: "Puedo rezar mejor cuando estoy cómoda", y se negó a usar el
cilicio y a pasar hambre. No creo que vivir en sótanos pasar hambre sea mejor
para un artista que para cualquier otra persona; lo que pasa es que algunas
veces el artista está obligado a hacerlo porque es la única vía posible de
salvación, si usted me permite usar esa palabra anticuada. De modo que yo lo
hice más bien instintivamente. No tenía experiencia de la vida y tampoco me
habían enseñado a hacer nada, de modo que tuve que tomar todo tipo de empleos
difíciles. Pero ¿sabe usted?, creo que probablemente hubiera escrito mejor si
hubiera vivido con un poco más de comodidad. ¿Entonces usted estuvo escribiendo todo
ese tiempo? Todo
ese tiempo estuve escribiendo, independientemente de cualquier otra cosa que
estuviese haciendo, independientemente de lo que pensara que estaba haciendo en
realidad. Vivía casi tan instintivamente como un animalito, pero ahora
comprendo que durante todo ese tiempo una parte de mi persona se estaba
preparando para ser artista, que mi mente estaba trabajando incluso cuando yo
no lo sabía cuando no me importaba que estuviera trabajando o no. Estoy
firmemente convencida de que durante toda nuestra vida nos estamos preparando
para ser algo o alguien, aun cuando no lo hagamos conscientemente. Una mañana
llega el momento en que uno se despierta y descubre que se ha convertido de
manera irrevocable en aquello para lo cual se había estado preparando desde
hacía tiempo. Dios mío, ese puede ser un momento difícil si uno ha estado
haciendo las cosas indebidas, algo que va en contra de la naturaleza de uno. Y,
créame, yo sé que eso puede suceder. No comparto en modo alguno esa idea
estúpida de que lo que uno lleva dentro tiene que salir tarde o temprano, de
que no es posible suprimir el verdadero talento. Las personas pueden ser
destruidas, pueden torcerse, deformarse y se las puede mutilar completamente.
Decir que uno no puede destruirse a sí mismo es tan necio como decir que un
joven muerto en la guerra a los veintiuno o veintidós años murió porque ese era
su destino, porque de todos modos no iba a hacer nada. Abrigo la firme creencia
de que la vida de ningún hombre puede ser explicada en términos de sus
experiencias, de lo que le ha sucedido, porque a despecho de toda la poesía de
toda la filosofía que afirman lo contrario, no somos realmente dueños de
nuestro destino. No dirigimos realmente nuestras vidas sin ayuda y sin
impedimentos. Nuestro ser está sujeto a todos los azares de la vida. Son tantas
las cosas de que somos capaces, que podríamos ser o que podríamos hacer. Las
potencialidades son tan grandes que ninguno de nosotros las cumple nunca en más
de una cuarta parte. Excepto que tal vez haya una poderosa fuerza motivadora
que sencillamente lo lleve a uno hacia adelante, yo creo que eso fue lo que
pasó conmigo... Cuando yo era una niñita le escribí una carta a mi hermana
diciéndole que quería la gloria. Ahora no sé qué quise decir exactamente con
eso, pero era algo diferente de la fama del dinero o el éxito. Sé que quería
ser una buena escritora, una buena artista. ¿Pero no hubo ciertos acontecimientos
específicos que cristalizaron ese deseo, algo comparable a la experiencia de
Miranda en Caballo pálido, jinete pálido. Sí,
ese suceso fue la epidemia de influenza al término de
¿Y eso la liberó? Simplemente
me levanté salí corriendo en aquella súbita escapada a México, donde asistí,
podría decirse, y ayudé, en la modesta medida de mis posibilidades, a una
revolución. ¿Esa fue la revolución obregonista de
1921? Sí,
aunque yo realmente había ido a México a estudiar las formas del arte azteca y
maya. Había estado en Nueva York y me disponía a viajar a Europa. Pero Nueva
York estaba lleno de artistas mexicanos en aquel entonces y todos hablaban del
renacimiento, como lo llamaban, que tenía lugar en México. Y me dijeron: "no se
vaya a Europa, váyase a México. Allá es donde van a suceder las cosas
interesantes". ¡Y tenían razón! Me metí de cabeza en la revolución y en medio
de ella tuve la experiencia más maravillosa, natural y espontánea de mi vida.
Fue una época terriblemente excitante, llena de vida y al mismo tiempo de
muerte. Pero nadie parecía pensar en eso: la vida estaba allí también. ¿Cuáles cree usted que son las mejores
condiciones para un escritor, entonces? Ah,
no podría decir cuáles son. Es algo muy individual. Cada persona necesita algo
diferente... Pero lo que me parece más negativo entre los artistas jóvenes es
esa tendencia a ingresar en la clase media, esa idea de que deben casarse tener
muchos hijos y vivir como todo el mundo, ¿sabe? Yo estoy a favor de la vida
humana, entiéndame bien, a favor de matrimonio y de los hijos y de todo eso,
pero muy a menudo no es posible tener eso al mismo tiempo hacer lo que se
supone que uno haga. El arte es una vocación, tanto como cualquier otra cosa en
este mundo. Para el verdadero artista, es la cosa más natural del mundo, no tan
necesaria como el aire el agua, tal vez, pero sí como el alimento. Pero en
realidad llevamos una vida casi monástica; para seguirla es necesario, a
menudo, renunciar a algo.
Sus
libros: Judas
en flor
(1930), Hacienda (1934), Vino de la luna (1937), Caballo
pálido, jinete pálido (1939) y Relatos completos (1965), Artículos
completos y escritos ocasionales, La nave del mal (1962), El
error interminable (1977). Esta entrevista a Katherine Ann Porter,
realizada por Barbara Thompson, forma parte de una serie publicada por The
Paris Review en 1953 y recogidas posteriormente bajo el título Writers at work
por the Viking Press. La traducción al castellano pertenece a un volumen
publicado en México en 1968 por Biblioteca Era. |