Nociones sobre el arte de contar

Por Antonio Tello

El nadador escribe la rebelión del náufrago.

Su vida es esa fugaz turbulencia en el océano.

Nadadores de altura.

 

La escritura es una exigencia moral que da forma al fluir de la vida, un modo de ordenar el mundo y restablecer el equilibrio, la justicia, mediante un esfuerzo supremo del espíritu. Quizás por este motivo Marcel Schwob decía que «después de nuestros mayores, sólo nos queda escribir bien». Escribir bien es el camino que los poetas emprenden para familiarizarse con las exigencias del lenguaje y que éste les revele las diversas dimensiones de la realidad. Lo esencial de las historias que conforman la historia del mundo y de lo que subyace en el alma humana.

Paul Valéry afirma que la poesía es una tensión hacia la exactitud. Entiendo que es el recorrido de la flecha a través del alma del poeta en busca de su voz, su forma, para revelar la verdad del poema. Por esto, y como creo que el cuento es equiparable al poema, desconfío de quienes afirman que el cuento surge de una idea.

En realidad, lo que el cuento exige para ser escrito es una intuición. Las ideas son artificios de la inteligencia, mientras que las intuiciones son gránulos de fantasía, una suerte de conocimiento surgido extramuros de la razón, acaso de una memoria anterior, o del olvido.

No son las ideas, sino las intuiciones las que vinculan al poeta con lo sustantivo y lo remiten, desde mi concepción de la función vital de la obra de arte, indefectiblemente al mito o a sus aledaños. El recorrido de la flecha resulta así esa corriente vital que relaciona lo individual con lo colectivo, al sujeto con la comunidad. Esta es la razón por la que, desde mi primer libro de cuentos, apelé al mito, como recurso para establecer un puente entre el presente y el pasado, y aprehender rasgos esenciales de la realidad del ser y de la realidad del mundo.

«Los mitos –escribe Camus- no tienen vida por sí mismos. Aguardan a que nosotros los encarnemos. Basta que un solo hombre en el mundo responda a su llamada para que nos ofrezcan su savia intacta. Tenemos que preservar este mito y hacer que su sueño no llegue a ser mortal, a fin de que sea posible la resurrección».

Encarnar el mito es sustentar la esperanza de poder reconocernos en un mundo atravesado por el absurdo o lo que es lo mismo por la violencia, la incomprensión, la ignorancia y la carencia de respuestas al sentido último de nuestra propia existencia. A la extranjeridad de nuestra condición humana.

Dado que es cierto que, siguiendo a Camus, «muerto Dios, ya no queda sino la historia y el poder», la apelación al mito sigue siendo imprescindible para el poeta, pues su contenido refiere lo que de imperecedero tienen el alma y la experiencia humanas.

Es así que el mito no puede anidar en la idea sino en la intuición de lo eterno, en el poema, desde el cual irradia su poderosa influencia sobre el mundo y echa luz sobre el orden absurdo sancionado por los sistemas de poder de la modernidad que han generado ese ser que Robert Musil llamó el hombre sin atributos.

Así, la luz de la poesía nacida del mito –entendido éste como la verdad más profunda de la experiencia humana- refleja lo atemporal frente a la acción erosionadora del tiempo y la naturaleza perecedera de la historia, la ciencia, la política, la sociedad y del poema que se nutre de éstas. Desde esta tesitura y dado que «lo imperecedero resulta de lo simple», el poema y su trasunto en prosa, el cuento, exigen del creador un lenguaje sustantivo y un estilo preciso.

El estilo no es producto de una elección ni siquiera una creación individual. El conde de Buffon decía que «el estilo es el hombre», es decir, una actitud que proyecta el modelo ideal que reúne las cualidades morales y éticas del yo que se quiere ser. En el caso del artista, este arquetipo cifra los principios estéticos con los que se identifica, pues de ellos dependen la originalidad y la musicalidad de su voz y la sintaxis y prosodia de su escritura. El estilo designa una cierta manera de ser, aquello que define al poeta como «la más ejemplar encarnación del hombre deslumbrado por su propia alma y por el deseo de que sea escuchada», como afirma Milan Kundera. Es así que el contenido de un poema o de un cuento es el mismo poeta, pero es su voz, la musicalidad con que distingue el lenguaje, la que revela su estilo.

La palabra no constituye la meta del poeta, sino la fuerza que abona su experiencia y lo conduce hasta los bordes del secreto a través del farfullo de palabras falaces generado por el poder. Quizás La Catinga, continuación natural de El día en que el pueblo reventó de angustia, sea el cuento más explícito de esta convicción estética. Una convicción según la cual la palabra participa del Verbo original, pero en su concreción no es el Verbo sino su símil, del mismo modo que Adán no es Yahvé sino barro moldeado a «su imagen y semejanza» al que su aliento insufla vida.

En tanto participa de un secreto que es imposible de revelar, podemos inferir que, como consecuencia de esta imposibilidad, la palabra esencial no está dotada de capacidad para crear el mundo, pero sí para re-crearlo. Refundarlo para atenuar la insatisfecha sed de absoluto que conforma el drama humano. Estos límites de la capacidad genésica, sin que esto suponga la renuncia a traspasarlos, son reconocidos por el espíritu humano, pero no por el espíritu histórico, porque la Historia – su crónica- es un campo del absurdo, yermo y cubierto de cadáveres y osamentas, tal como ilustran algunos cuentos, como La herida o El desertor en pena, además de los ya citados más arriba, entre otros.

Los límites constatan asimismo que, como afirma Camus, «todo verdadero conocimiento es imposible. Sólo pueden enumerarse las consecuencias y sólo el clima puede hacerse sentir». Es decir, todo aquello que alimenta el malestar del individuo en el mundo.

Por esta razón, acaso a la única verdad esencial a la que puede apelar el artista sea una verdad humana, la verdad del mito, para narrar y explicar las realidades del alma y las del mundo que habita. Dice Calvino que «la palabra une la huella visible con la cosa invisible, con la ausente, con la cosa deseada o temida, como un frágil puente improvisado tendido sobre el vacío», para crear el «mundo verbal». El universo refundado que constituye toda obra de arte.

El recurso al mito es una apelación del poeta a la memoria colectiva del lector, la cual se potencia gracias a la fuerza del campo semántico de la palabra sustantiva. De aquí la importancia de una escritura concisa y precisa, pues de la voluntad de síntesis y de la capacidad de elipsis surge la primera rebelión contra el sistema de valores que favorece la ocultación o la distorsión de la verdad. Una falacia sostenida fundamentalmente por el tiempo en su discurrir cronológico y el argumento que aprisiona los personajes en una peripecia predeterminada por circunstancias ideológicas, políticas o históricas. Una falacia que obliga al artista a la aniquilación del tiempo y del argumento, para que la obra de arte sea perenne.

Pero cabe considerar también que en la apelación a la memoria colectiva, el poeta no siempre tuvo lectores. En tiempos homéricos y en aquellos otros en que la escritura fue patrimonio de las elites intelectuales, el poeta tenía oyentes y era su voz la que daba forma a la narración. Esta huella oral ha permanecido en la escritura y fundamentado el arte de contar/cantar [narrar] un cuento, un poema y cualquier otro género literario. Es en este punto donde la oralidad se ilumina como elemento primordial de comunicación entre el poeta y el lector, independientemente de la forma y del contenido, cuya complejidad natural ha de ser perceptible en el espíritu del lector, pero no en la escritura, la cual ha de ser música escrita. La prosodia natural del poeta. La escritura ha de proporcionar al lector vibraciones emocionales y significativas semejantes a las que provoca la música en el espíritu del oyente, lo cual trae nuevamente a colación la importancia de una palabra despojada para que articule en el pentagrama del lenguaje escrito las notas que transmitan lo esencial. Las únicas notas que merecen existir, como afirma Milan Kundera.

Pero la oralidad no basta para cautivar al lector y hacerle partícipe de ese destello de la realidad o de la vislumbre del abismo. Para este cometido el narrador ha de recurrir a la imaginación y a la fantasía, factores complementarios de reproducción y de creación.

Pero mientras la imaginación es producto de la inteligencia, un acto dice Sartre, atribuible a cualquier individuo, la fantasía creadora, también un acto, es patrimonio del artista. En éste, la capacidad de fabulación sanciona la originalidad del relato o del poema, despierta la curiosidad del lector y alienta su latente deseo de búsqueda de una verdad. Su sed de absoluto.

De aquí que Hegel diga que el objetivo de la obra de arte es el de «representar de una forma concreta y figurada lo que se agita en el alma humana». La fabulación es asimismo el medio del que se vale el poeta para apelar a la memoria colectiva, a las historias que se creen recordar y a las que se creen olvidadas; historias a las que el poeta incorpora su propia experiencia para contribuir de esta manera a la comprensión de las cosas del mundo. Es así que el poema –el cuento- trata de la vida e implícitamente de la muerte, lo que supone un eco de eternidad.

La conciencia de este objetivo desvincula al artista genuino de las contingencias políticas, sociales, históricas, ideológicas, religiosas, científicas y técnicas, al tiempo que, en la medida que concibe su producción artística como parte de una búsqueda sustantiva, lo dota por un lado de capacidad para expresarse, si así lo decide, en cualquiera de los géneros que registra la literatura, y por otro lo compromete con una ética de la libertad. Este compromiso ético del artista es uno de los fundamentos que permite a la obra de arte superar la acción corrosiva del tiempo y las fronteras provincianas de la aldea o la nación.

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