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Escuchar a Manuel Rivas es un acto de aprendizaje. Sereno, mira a los ojos y responde con sinceridad, amigablemente. Lo que dice transmite poesía, humor, sensibilidad. Los libros arden mal (Alfaguara), su última novela, no sólo es una obra excelente, sino que sus páginas están impregnadas de esa excepcionalidad humana que desborda y convierte al autor en persona. ¿Los libros arden mal es un recorrido por el fascismo, sus antecedentes, su consecuencia? ¿Ése sería para usted el punto central de la historia? El viaje a las tripas del fascismo es una parte del libro. Es una obra que tiene forma de esfera armilar, que son este tipo de esferas que se construyen con muchas órbitas, y cada personaje aquí (no sólo personajes humanos, hay personajes que son cosas, objetos, que son libros) describen esa órbita y en conjunto van formando esa esfera armilar que, efectivamente, es sacudida, trastornada por los hechos terribles que suceden alrededor de la guerra y posteriormente. Para mí lo que narra Los libros arden mal, si tuviera que hacer una definición argumental, aunque parezca un poco conceptual, sería la historia dramática de la cultura. ¿Cuál
es el inicio que quiso darle a Los libros arden mal? ¿Con qué idea? El
libro comienza en 1871, y no por casualidad, es una especie de testimonio de George
Borrow, que fue un protestante, un escritor interesante y al mismo tiempo un
pastor evangélico que vino a España en el siglo XIX con la loable intención y
voluntad de difundir las Sagradas Escrituras en el país más católico del orbe
mundial. Fíjate qué paradoja: siglo XIX, un protestante viene a España a dar a
conocer las Sagradas Escrituras, a dar a conocerlas a los católicos. Es que era
cierto: poseerlas era un motivo de sospecha, o leerlas, simplemente, sin
mediación sacerdotal. De hecho una de las cosas que describe Borrow era el
nerviosismo que tenían las personas cuando les ponía las Sagradas Escrituras en
la mano. Qué tremenda contradicción. Ése es el prolegómeno de lo que va a
suceder después, porque está reflejando la grave contradicción de lo que a
veces significa, de cómo a veces se utiliza la cultura, el desasosiego que
puede provocar que personas que con su formación, con su aparente sensibilidad,
por su posesión de bienes culturales, deberían encarnar el humanismo y en
cambio se convierten en instrumentos de tortura, en torquemadas de turno. Y
Torquemada era muy culto, el gran Inquisidor. Usted
narra en su novela cómo en A Coruña, en España, se quemaron libros durante ésa
época, ¿la quema de libros es la voluntad de quemar la memoria histórica? Hay
que preguntarse por qué tenía tal significado. Se repite en momentos de la
historia, en otros países, en otros lugares como un acto casi decisivo,
definitivo, como un ritual de purificación, digamos. Decía Goethe que para él
la quema del libro era asistir a una ejecución. En el fondo había eso. La quema
era un sacrificio, se quemaban los cuerpos también. Y la humanidad. Ese tipo de
fascismo, de autoritarismo trataba de extirpar todos los demonios anteriores,
el de la libertad, el de la carne. Cuando quieres eliminar de raíz un cultivo
debes quemar el campo para que penetre en la raíz. Estamos hablando de actos,
además, no causados por una turba de incontrolados o personas que han perdido
el juicio en un momento de fanatismo, sino que estaban perfectamente
organizados. En Ha
comentado que su obra tiene "apariencia" de esfera armilar, ¿cómo la construyó,
cuál fue el proceso creativo? ¿Cómo hablaría de su forma de narrar? Digamos
que mi forma de escribir es orgánica. No sé muy bien qué significa esa palabra,
pero puede ajustarse. Es complicado explicarlo de forma sistemática, porque no
trabajo así. Creo que en esa idea de Kafka que dice que no te preocupes por las
historias, que si estás alerta van a ir a ti. Esta obra no es ajena a un proceso
de escritura anterior, podríamos aplicar la imagen de los círculos
concéntricos, posiblemente esta historia nació porque nació en las otras
historias, sucede que estaba en una fase germinal, pero tiene sus raíces en
procesos de escritura e indagaciones anteriores. Cuando me puse a escribir es
como si surgiera la narración, tuviera una energía propia, incluso, en el
propio trabajo de documentación, empecé tanteando, un episodio te lleva a otro,
es un poco como los movimientos de la bola de billar. Acabas viendo que hay una
forma que tiene que ver con lo vegetal: las ramas de un árbol pueden aparecer
desordenadas a quien nos las contemple en su conjunto. De repente ves que hay
una voluntad, una armonía. La memoria también tiene esa voluntad de buscar. Y el
arranque está, desde luego, en el desasosiego, en la paradoja de las personas
cultas que interpretan la cultura como posesión de bienes culturales pero su
actuación es antihumanista. Debemos preguntarnos sobre la función de la
cultura, del lenguaje, son cuestiones esenciales. Parece que en el mundo de hoy
la lucha que se da es por el dominio de los recursos, etc. pero al fin y al
cabo se trata del dominio de las mentes. ¿Su
forma de narrar en cierto modo proviene de su interés por la tradición oral, y
de ahí su tratamiento poético? Cuando
nos referimos a la tradición oral hay una cierta tendencia a considerarlo como
un género menor. Una de sus diferencias con la escrita es que requiere un
proceso de estilo enorme. Cuando hablamos de un buen narrador oral (y no estoy
hablando de profesionales) hay un trabajo, un proceso mental del lenguaje, una
transmisión, una herencia, un aprendizaje estético importante. Cuando hablo de
tradición oral son esas personas que escuché que eran realmente maestros que
escribían en el aire, y que narraban cuentos, y no estamos hablando tan sólo
del pasado, a la vuelta de la esquina puedes encontrarte de forma sorprendente
alguien que cuenta lo que requiere toda escritura: precisión, estilo,
intensidad, poner las palabras en vilo. Es verdad que hay mucho en mí de eso.
Ten en cuenta que muchos de los escritores que me gustan tienen que ver con la
oralidad, aunque después son escrituras enormemente elaboradas, precisamente
para conseguir esa sensación de oralidad se requiere mucha elaboración,
escuchar mucho, escuchar lo que escribes, que lo que escribes sea sensorial,
que recoja todos los sentidos. Estoy pensando en Juan Rulfo, cuando lees los
cuentos parece que estás oyendo voces, son de Comala, pero son también voces
bíblicas que atraviesan el tiempo. Para usted escribir es como. Respirar.
La escritura tiene que ser "sentipensante". Sentir y pensar. Y tiene que ser
concreta. Para mí la escritura va contra la abstracción, en sentido más
retórico, no tiene sentido decir "voy al árbol a coger un fruto", eso no es
literatura, la gente que tiene una huerta no habla así, habla de forma
concreta: "voy al nogal a coger nueces", algo más concreto. La literatura
frente al pensamiento abstracto tiene que designar lo real. Y nombrar las cosas,
eso es importante. Cuando describes algo no lo puedes describir como si fuese
un catálogo, debes describir como lo sentiría un personaje, a otro personaje
ese mismo objeto o paisaje le produciría una sensación contraria. Las nubes no
significan lo mismo para todos, cada uno piensa en ellas de una forma
diferente. ¿De
dónde provienen sus personajes? Los
personajes son la razón de ser de la novela. Existe novela y existe historia
cuando surgen los personajes. Los personajes se crean cuando los escuchas, no
cuando tú les pones añadidos, sino cuando los escuchas y ves que tienen un
comportamiento, contradictorio a veces. Unos tienen inspiración real, pero
cuando entran en el gran espacio de la narración ya son personajes, aunque
tengan un nombre real. Porque
sus personajes dotan a la narración de una fuerza persistente. Puede
ocurrir que los personajes que ves como teloneros, de repente adquieran una
fuerza que no pensabas, toman la historia. Yo trato que no haya personajes que
sean títeres. En Los libros arden mal todos tienen una voz, su órbita,
incluso los que aparecen poco, tienen su momento, incluso los más aberrantes,
tú puedes simpatizar con los personajes pero ellos dicen lo que quieren. ¿Se
ha dicho todo en ficción sobre la Guerra Civil? Cada
vez se escriben más cosas y nuevas. Pero hay una gran confusión. No existe, al
menos en la literatura que a mí me interesa, novelas sobre Y
el escritor que comienza debe. Escribir. El que quiere escribir tiene ya el veneno dentro. Yo no me pregunto cuando escribo todos los días por qué lo hago. Hay que escribir como se respira. No nos preguntamos cómo funciona el sistema respiratorio. Y algo fundamental: hay que escuchar. Escuchar es una forma de escribir. No podemos tener la impaciencia de no oír, la vida corre y la gente tiende a no hacerlo. El escritor puede necesitar una soledad total para escribir, pero debe escuchar, ver, saber que todo queda, que todo es importante, que nada se pierde.
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