A la búsqueda de la "inspiración"


                                                                                                                          Por Silvia Adela Kohan

                                                                                                                         para Escribir y Publicar

 

En lugar de inspiración, producción. Es una etapa previa a la elaboración conciente, un trabajo hecho por uno mismo y no por las musas: se la puede provocar, se la puede nutrir. Podríamos llamarla "curiosidad creativa". Depende de nuestra memoria, de nuestra atención, de la experimentación, de la lenta germinación de palabras que al fin salen al exterior. Inspiración o trabajo no es una disyuntiva, son etapas complementarias

 

 

Hay una relación cercana entre inspiración e inconsciente. Lo que se ha dado en llamar inspiración o "estímulo interior que impulsa al poeta" no es algo dirigido conscientemente.

A través de los tiempos, hay dos actitudes totalmente opuestas frente a la cuestión de la inspiración: los que la defienden y los que la niegan.

 

Los defensores

Uno de los primeros en defenderla fue Platón, en el Ion:

"No es por arte, sino por inspiración y sugestión divina por lo que todos los grandes poetas épicos componen todas estas hermosas poesías; y lo mismo los grandes poetas líricos". Consideraba que el origen de la escritura se debía al instante en que se perdía el uso de la razón.

      Por su parte, Rilke escribió:

      "Yo también tengo una misión de Dios, soy ejecutor dócil y humilde de las órdenes que me dictan, de allá arriba".

En ambos casos, tanto Platón como Rilke, apelan a los dioses. Sin embargo, hay algo que es evidente, si hubiera que esperar a que los dioses o Dios nos cantaran a los oídos, nos dictaran, sólo muy pocos escribirían, serían los elegidos. He aquí un punto cuestionable.

 

Los atacantes

Un concepto opuesto al que acabamos de ver fue desarrollado por Rodin, para quien lo único importante era el trabajo. Para él, la inspiración se construía. Sustituía la voz de los dioses por la voz de la observación; durante cierto tiempo influyó en Rilke que  revisó sus parámetros y así escribió los "poemas cosa".

Por su parte, Poe decía que componer poemas era una tarea deductiva, y se burlaba de los inspirados diciendo:

"Los escritores prefieren dar a entender que componen mediante una especie de bello frenesí -un éxtasis intuitivo-, y literalmente, pero si se echara una ojeada tras las bambalinas, nos encontraríamos con los innumerables vislumbres de ideas que no llegaron a la madurez de la visión plena, a las cautelosas selecciones y rechazos, a los dolorosos borrones e interpelaciones".

 

Sin esfuerzo

Coleridge, el poeta, contaba que una vez se quedó profundamente dormido durante unas tres horas. En ese lapso, se le aparecieron en la mente cerca de trescientos versos. Ni bien se despertó, intentó transcribir (no escribir) el largo poema "recibido", pero una visita inesperada no se lo permitió. Tiempo después recuperó una parte y así surgió Kubla Khau.

     Sin embargo, muchísimos años más tarde, se demostró que el poema era producto de cantidad de imágenes y palabras extraídas de sus lecturas y que él conservaba cuidadosamente guardadas.

 

Con esfuerzo

La visión opuesta, pero con los mismos resultados, es la que nos da Poe.

Él contaba que compuso su poema El cuervo paso a paso, siguiendo el mismo desarrollo que los que se llevan a cabo en una demostración matemática. Sin embargo, también se pudo comprobar que el texto fue corregido, transformado, y vuelto a elaborar a partir de pruebas y más pruebas.

 

El entusiasmo productor

Lo que muchos denominan inspiración: "Estoy inspirado, no me molesten", suele corresponder a un momento de excitación en el que confluyen una serie de fuerzas entrecruzadas y que, fundamentalmente, dependen del grado de libertad interno. A veces también coinciden con el descubrimiento del amor o la vivencia de una desgracia.

Mientras tanto, afirmamos con la escritora María del Carmen Rodríguez: "¿Quién escribe? Seguramente no las musas. No hay creación de la nada, no hay "inspiración divina", no hay ningún médium especialmente dotado para develar la voz sagrada a los hombres. El mito romántico cae, no por su propio peso, sino por su extrema fragilidad".

Ese momento de entusiasmo productivo, del que hablábamos, suele corresponderse con alguna de las actividades básicas de la inteligencia, que ponen en marcha los escritores, a menudo de modo consciente. Dichas operaciones principales son: ver, atender, evocar, sentir afectos. A veces, funcionan combinadas; otras, cada una hace su aporte, pero nunca fallan a la hora de la pre-escritura o durante la escritura misma. Son las encargadas de indicarnos lo que hay alrededor del texto.

 

Ver. Toda la historia de la humanidad podría resumirse en una necesidad de ver más allá, de percibir lo nunca visto.

Más simplemente, el ser humano aprende a partir de los sentidos, uno fundamental es la vista.

El deseo guía la curiosidad y de allí nace el deseo de percibir, más fuerte en unos que en otros. Se dice que sigue conservando la libertad del niño quien no pierde su capacidad de asombro. Y quien conserva la libertad y la capacidad de juego agiliza su capacidad creativa.

Percibir es, de alguna manera, reconocer e identificar.  Percibimos, por ejemplo, acciones, que son los nudos de un relato.

Entonces, si bien reconocemos que una persona corre, se detiene, se gira, extiende una mano, se inclina, se golpea, podemos registrar todo para luego elegir y componer nuestro propio esquema organizativo del relato: agregar o eliminar elementos de los percibidos.

Si a la hora de percibir, aparece un motivo novedoso que estimula nuestra imaginación, podemos creer que se trata de un momento de inspiración, pero es conveniente comprender cómo llegó ese instante para intentar repetirlo.

 

Atender. El atender tiene un punto de enlace con el ver.

Se considera que hay un tipo de atención errante y otra concentrada. Ambas son vías de creatividad.

El errante es el que se deja llevar sin barrera de la voluntad. Se trata de abandonarse a lo que nos rodea, flotar. Así Goethe decía que "la fuerza productiva tiene que resucitar espontáneamente, sin intención ni voluntad, aquellas imágenes conservadas en los órganos, en la memoria, en la imaginación".

Mientras que, por el contrario, Chesterfield observó que "la facultad de aplicar la atención fijamente a un solo objeto, sin dispersarla, es la marca infalible de un genio superior".

 

Evocar. Vivimos condicionados por los recuerdos. Incluso hay quienes sienten un placer mayor al recordar lo vivido que al vivirlo. Suelen repetir: "cuando se lo cuente a Fulano no me lo va a creer". En esto también reside el placer de contar. Y suele convertirse en "inspiración", en maquinaria productora de la escritura.

Decía Walter Benjamin: "quien empieza a abrir el abanico de los recuerdos encuentra siempre nuevas piezas, nuevas varillas, y ahora el recuerdo va de lo pequeño a lo microscópico".

La evocación está en la esencia misma del contar. De hecho, son los ancianos quienes mayor acopio de historias tienen y cuando se los escucha contarlas siempre hay alguien que dice que debería escribir un libro.

Escribir es revivir los recueros en muchos sentidos de la palabra revivir: se vuelve a vivir, pero de otra manera al incluirlo en otro contexto y transformarlo estéticamente.

 

Sentir afectos. Tanto el amor como el odio son sentimientos productores. Escribir es un modo de catarsis. Pero la catarsis es una vía negativa para la creatividad. Catarsis tiene que ver con desahogo, con vaciarse. En cambio, al crear se da un movimiento de ida y vuelta: cada vaciado estimula la plenitud, tiene que ver con transfiguración.

La afectividad genera una corriente de imágenes y una aceleración de los deseos. Para Bergson, "creación significa, ante todo, emoción".

Entonces, los sentimientos, cada uno en especial y a su manera, genera ocurrencias.

Tanto el amor como el odio producen estados de fabulación en los que se proyecta mentalmente lo vivido y lo posible. Pero, además, todo sentimiento es motor: la tristeza, la ira, los celos, etc; de las más pasionales creaciones.

 

Cómo consiguen inspirarse

Harold Pinter:

"No recuerdo con exactitud cómo se desarrolló una obra determinada en mi mente. Creo que lo que ocurre es que escribo en un estado de excitación y frustración muy grande. Sigo lo que veo en el papel que tengo delante... una frase tras otra. Eso no quiere decir que no tenga una posible y tenue idea general... La idea que primero surge, no genera necesariamente lo que ocurre a continuación, engendra la posibilidad de un acontecer general, que es el que me lleva adelante. Tengo una idea de lo que podría ocurrir...en ocasiones estoy absolutamente seguro, pero muchas veces se ha demostrado que andaba equivocado por lo que en realidad ocurre. A veces voy avanzando y me encuentro escribiendo: "entra C.", cuando ni siquiera sabía que tenía que entrar; tenía que entrar en ese momento, eso es todo".

 

Norman Mailer:

"Quizás una imagen apropiada para mí sea que empiezo a construir una cabaña en un árbol y acabo construyendo un rascacielos de madera. Lo que quise hacer con Los desnudos y los muertos, era escribir una novela corta sobre la patrulla larga. A lo largo de toda la guerra seguí pensando en esta patrulla. Tuve la idea incluso antes de marcharme al extranjero. Probablemente la estimularan unos cuantos libros que había leído: En el Valle de John Hersey, Paseo por el Sol de Harry Brown, y un par de libros más que no recuerdo. De estos libros surgió la idea de escribir una novela sobre la patrulla larga. Y empecé a crear los personajes. Todo el tiempo que estuve en el extranjero una parte de mí estaba trabajando en esta patrulla larga. Incluso acabé metido en un destacamento de reconocimiento en el que había pedido que me incluyeran. Después de todo, un destacamento de reconocimiento suele hacer largas patrullas. El arte seguía traduciendo la vida. En cualquier caso, cuando empecé a escribir Los desnudos y los muertos pensé que sería una buena idea hacer uno o dos capítulos preliminares en lo que dar al lector la oportunidad de conocer a los personajes antes de que se fueran de patrulla. Pero los seis meses siguientes y las primeras quinientas páginas se me fueron en el empeño, y recuerdo que los primeros días estaba molesto por lo que estaba tardando en empezar a trabajar con la patrulla".

 

Las motivaciones

Kerouac, por su parte, insinúa que lo que comúnmente llamamos inspiración es para algunos como para su amigo, el escritor Burroughs, la capacidad de estar alerta: "Burroughs y yo estábamos sentados en un bar una noche y oímos decir a un presentador de radio..."Así que los egipcios atacaron, bla, bla, bla, bla... y entretanto hubo un gran incendio en el zoológico de Londres y el fuego se extendió por los campos y los hipopótamos murieron cocidos en los estanques. ¡buenas noches a todos...! Ése es Bill, advirtió Burrouhs. Y es que siempre se da cuenta de esas cosas".

 

Los rituales

La escritura puede y debe procurar placer, un estado particular en el que las palabras parecen surcar la página o la pantalla libremente. Pero hay días en que la tarea parece demasiado pesada o la musa, eclipsada. Ciertas técnicas pueden entonces colocarnos en una situación óptima para que lleguen las palabras que se organizan sin esfuerzo en frases, para que olvidemos el tiempo que pasa.

Muchas veces se atribuyen a la falta de aptitudes y de un "don" especial los problemas que, en realidad, surgen de más pedestres orígenes. Es importante la actitud emocional que adoptemos al escribir.

Escriben con más eficiencia y obtienen mejores resultados quienes se crean las condiciones apropiadas para hacerlo.

        

La ritualización de un comportamiento permite focalizar la atención sobre la tarea que uno se ha fijado. En lugar de pensar en el producto terminado y de preguntarse qué pensarán los lectores, es recomendable concentrarse únicamente en el poema, en el cuento, en la novela y olvidarse de lo accesorio. Para ello es útil decidirse a empezar el trabajo a una hora precisa o realizar una serie de actividades previas. Unos se levantan siempre a la misma hora y empiezan siempre el trabajo a la misma hora, otros necesitan la música y habrá que saber cuál es la preferida mientras que los amantes del silencio evitarán las interrupciones que consuman su adrenalina, otros hacen una serie de movimientos gimnásticos, una caminata, un paseo en bicicleta, puesto que mientras el cuerpo está ocupado, el espíritu se libera para componer o desarrollar la historia que está a punto de escribirse, otros trabajan un número exacto de horas, mientras que otros no se detienen hasta no haber completado el número de páginas que se han fijado. Sin embargo, a menudo, muchas actividades no sirven más que para retardar el momento de disponerse a escribir: beber una segunda taza de café, eliminar de la mesa todo lo que no es indispensable, regar las plantas, etc.

Un ejemplo famoso es el de Simenon que llenaba muchas de sus pipas, un número suficiente para toda la jornada, y las alineaba sobre su escritorio antes de entrar de lleno en el trabajo. Schiller, poeta alemán, respiraba el aroma de una manzana podrida antes de escribir; George Sand fumaba un cigarrillo y le gustaba escribir después de hacer el amor; Victor Hugo se desvestía y escribía desnudo mientras que Colette mimaba a su gato antes de instalarse en su mesa de trabajo.

Un ritual es la lectura de algunas páginas que nos resultan motivadoras Se suele aconsejar a quienes escriben que lean lo contrario o lo diferente al género que practican como vía motivadora. Así, si escribimos poesía, es estimulante la novela o el ensayo; al revés, si escribimos novela conviene leer un poema o una disquisición filosófica para abonar nuestro campo creativo.

Al realizar dichas lecturas no es necesario entender lo que se lee. Basta con recibir un discurso diferente al que vamos a utilizar. Porque lo verdaderamente impulsor son las constelaciones de palabras que recibimos durante esos momentos.

Leer es un camino hacia la aparición de esos soplos aparentemente mágicos y un modo de materializar nuestras ideas que, tal como comprobaremos, no surgen de la nada.

También se pueden considerar un ritual ciertos actos fetichistas, como no poder escribir más que con una clase de estilográfica o sobre una cierta calidad de papel. El escritor que recurre a estos rituales está convencido de que lo conducen a un estado de gracia y que los necesita para encontrar ese estado. En realidad el objetivo de estos rituales es ayudarnos a alejar las preocupaciones, a provocarnos un estado mental particular, entrenar el subconsciente en la dirección de la escritura a realizar. Es, de alguna manera, un verdadero ejercicio de relajación guiado que provoca un efecto relajante, y conviene eliminar todos los elementos que puedan interrumpir el trabajo, organizar el tiempo de la manera más propicia.

Meterse de lleno en trabajo (la regularidad de la escritura habitúa el cerebro y provoca lo que se suele llamar "inspiración") y durante las horas que creemos improductivas es posible que si nos hemos predispuestos previamente estemos incubando un poema o un cuento.

Descubrir si se es una persona más visual o más auditiva. En ese caso prestar atención a las imágenes visuales o a los sonidos. Al menos, durante un tiempo determinado como si fuera una película que se desarrolla en la mente a partir de la vista o del oído. Especialmente los poetas trabajan de esta manera. Ven las imágenes o escuchan su melodía.

Para muchos son productivas las visualizaciones o la meditación, por ejemplo practicar zen, así como la autosugestión o la hipnosis autoinducida, técnica que permite entrar en el territorio de la escritura. En cualquier caso se trata de evitar la presión de una obligación y así el subconsciente se pone en movimiento. Cada vez que se interrumpa el trabajo durante una hora, un día, o una semana, conviene retomar los rituales antes de ponerse a escribir.

Sea cual sea el método  -más o menos excéntrico-, lo único que cuenta es entrar en el estado de concentración necesario para que fluya la escritura; con el tiempo, se habrá obtenido la dinámica necesaria para poder inventar sin problemas.

 Volver