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Antes
de entrar en los secretos culinarios de este exitoso género, quisiera
subdividirlo en dos categorías que conviven en la misma sección de las
librerías, pero que en realidad son muy
distintas. Bajo la etiqueta "thriller
de inspiración histórica" a menudo se entiende:
a) Novela
histórica con intriga. Narrada desde
la época que se quiere retratar, es una combinación de riguroso saber histórico
y ficción con más o menos misterio. A esta categoría pertenecen tanto El nombre de la rosa (Umberto Eco) como Los
pilares de la Tierra
(Ken Follet); en nuestro país tenemos ejemplos destacados con La catedral del mar (Ildefonso Falcones)
y El puente de los judíos (Martí Gironell). Este último autor rompe
deliberadamente las convenciones del género trufando el relato histórico
de sucesos maravillosos de la mitología local.
b) Thriller contemporáneo de
inspiración histórica. La historia se narra y se resuelve desde la actualidad, pero la
trama gira en torno a un hecho enigmático de la historia. El gran
ejemplo de este subgénero es El Código Da
Vinci (Dan Brown), que inauguró una moda entre el gran público que lleva media década copando las librerías y las
listas de los más vendidos. A esta misma categoría pertenece El Cuarto Reino, y versaré el artículo
sobre ella.
Orígenes de El Cuarto Reino
Nunca
he sido lector de best-séllers y debo reconocer que previamente a embarcarme en
esta aventura literaria sólo había leído una de estas novelas, El Código Da Vinci, un par de meses
antes de que se convirtiera en un éxito
mundial.
De hecho, a veces es una ventaja no estar empapado
del género que quieres practicar, ya que así
puedes desarrollar la historia sin imitar a ningún autor concreto.
El embrión de El Cuarto Reino se halla en una cena
con Joan Bruna, padre de mi agente Sandra Bruna, que conoce muy bien Montserrat
y me dijo que no había ningún thriller
situado en ese enclave tan lleno de leyendas.
Después de meditar sobre este
comentario, la semana siguiente esbocé,
casi como un juego, cómo podría ser la sinopsis de una novela de aventuras y misterio que tuviera lugar en Montserrat.
Escribí un resumen de poco más de doce líneas, encabezado por el título
actual. Acto seguido, envié el breve documento a Sandra Bruna y le pedí que
simplemente lo archivara, que podía ser una idea para llevarla a cabo en un par
de años.
Felizmente, mi agente literaria no
me hizo caso y, un par de semanas después, durante la Feria de Frankfurt enseñó el
folio a un editor que buscaba este tipo de obras. Tras leer la sinopsis compró
la novela sin haber visto una sola página.
Al firmar el contrato sentí una
importante presión para no defraudar a quien había creído en mí ciegamente, Tal
vez por eso, me conjuré con la escritora y amiga Care Santos. Ella empezaba una
novela por aquel entonces, La muerte de
Venus, y apostamos que uno de los dos debía lograr entrar en la lista de
los 10 primeros en un máximo de dos años.
Antes de su publicación, este septiembre,
El Cuarto Reino ya entró en listas en
su versión catalana y pagué muy gustosamente una cena a Care, cuya novela había
sido finalista del Premio Primavera. Los dos teníamos algo que celebrar.
Antes de empezar a escribir, debes imaginarlo
En
mi caso, el tema del libro me vino dado por Joan Bruna, y desarrollé el
argumento después de leer un artículo en la revista Sapiens sobre la visita a
Montserrat de Heinrich Himmler. Tras redactar la sinopsis lo tenía muy claro.
Sólo quedaba escribirlo.
Me gustaría transmitir a los
escritores presentes y futuros un consejo que me dio el profesor Pep Rossell en
el ya extinto postgrado de editores de la Universidad de
Barcelona. Creo que es lo más importante que aprendí en todo el curso y lo he
aplicado desde entonces. Dijo: "Antes de publicar un libro, hay que
imaginarlo".
Con ello quería decir, de algún modo, que en nuestro
oficio tenemos que empezar la casa por el tejado. Antes de empezar a escribir,
resulta muy útil imaginar el libro terminado, incluyendo título y
contracubierta, mejor aún si sabemos en qué editorial y colección encajaría.
Así el editor, cuando recibe el manuscrito, tiene la sensación de que le han
entregado un traje a medida y es más fácil que compre la novela.
El camino inverso, escribir el libro que a uno le
apetece y pensar luego dónde colocarlo, es mucho más arduo y hay muchas
posibilidades de que el manuscrito muera en un cajón.
De cualquier forma, como orientación general, el tema
de una novela de estas características debe estar dentro de lo que se está
vendiendo mejor en las librerías, pero sin ser un calco de lo que ya existe.
Tiene que aportar algo diferente y novedoso.
En mi caso, aportaba un territorio inexplorado por el thriller, Montserrat, y una historia de
nazis antiguos y modernos lo bastante rocambolesca para generar interés y
suspense.
El proceso de documentación
Decidido
el tema y el argumento, contratada incluso la novela, había que afrontar el
gran salto al vacío que supone para todo escritor iniciar un nuevo libro, sobre
todo cuando te estrenas en un género que no conoces a fondo.
Hubiera sido un error empezar a
escribir sin ton ni son, a ver lo que sale, ya que cuando un autor desconoce el
terreno que pisa lo que necesita es documentación. Soy más antropólogo que
ratón de biblioteca -o de Internet-, así que gaste la práctica totalidad del
anticipo en viajar a todos los escenarios de la novela.
Hice
"trabajo de campo" recorriendo lugares misteriosos, tomando fotografías
y hablando con las gentes de cada lugar. Tomé nota de un montón de historias,
me empapé de los paisajes -aunque no suelo
abundar en la descripción-, y en los diferentes trayectos sentía cómo la
novela iba tomando cada vez más forma.
Llega un momento en el que debes dar
por acabada la documentación para empezar a escribir. Entonces, yo suelo
encerrarme un fin de semana a elaborar un guión de la trama lo más detallado
posible, a veces capítulo por capítulo.
En este punto, la novela de algún
modo ya está escrita en algún rincón de tu cabeza y sólo tienes que tirar del
hilo -con mucha constancia- para plasmarla.
El novelista es un corredor de fondo
Lógicamente,
las primeras páginas siempre son mucho más difíciles que el resto, ya que en
ellas fijas el estilo, el ritmo, los personajes, el punto de vista que va a
dominar en la novela. Por eso generan tantas dudas.
Sin embargo, superadas las primeras
veinte páginas uno empieza a notar que la novela avanza sola. No es ningún
tópico eso de que los personajes acaban haciendo lo que quieren. Yo lo atribuyo
a lo que he explicado antes: si la novela se ha preparado a fondo, escribirla
será poco más que plasmar lo que ya se ha creado a otro nivel.
Pero ahora, tras la página 20, es
cuando empiezan los peligros que acechan a todo escritor que se propone cuajar
una novela bien construida. Es la piedra de toque que distingue al escritor
profesional del aficionado. Precisamente porque en algún lugar de nuestra mente
ya nos hemos contado la historia completa varias veces, tras el frenesí de todo
inicio -no es exclusivo de los romances-
llega lógicamente el hastío.
Cuando uno lleva seis meses o un año
planeando un libro, tras un par de semanas escribiéndolo se siente tentado a
abandonar la tarea por un proyecto nuevo y excitante. Para evitar estos cantos
de sirena, el novelista debe ser un corredor de fondo y trabajar todos los
días, le apetezca o no, en el proyecto que se ha fijado. No hay novela que
pueda completarse con la única ayuda del entusiasmo. Sin disciplina y
sacrificio es imposible llegar a meta.
Para ilustrar esta cuestión tan decisiva
si uno se propone vivir de la escritura, contaré la experiencia de mi segunda
novela juvenil, antes de dedicarme a la literatura de adultos.
Curiosamente la primera novela me había resultado
relativamente fácil de terminar, porque era breve y la escribí íntegramente en la India, donde estuve un mes
viajando. En ese país uno dispone de mucho tiempo libre, porque en la mayoría
de ciudades al caer la tarde cierra todo. Yo mataba el tiempo escribiendo en mi
libreta desde la cama mientras esperaba que me entrara el sueño.
Sin embargo, cuando planeé escribir Un haiku para Alicia (por ahora
publicada sólo en catalán) me hallaba en Barcelona con muchas obligaciones que
cumplir y otras tantas distracciones. Dado que quería presentarla a un premio
literario y este tenía una fecha límite de entrega, tuve que ponerme las pilas
y tomármelo en serio.
Es muy importante trabajar por objetivos -tantas horas
o páginas por día- y tener un deadline para
no dormirse en la carrera de fondo. Un truco para activarse, por ejemplo, es
mandar los nuevos capítulos regularmente a un lector amigo, al que pediremos
que nos regañe si no cumplimos con lo acordado. Puede parecer infantil, pero a
mí siempre me ha funcionado.
En la época de Un
haiku para Alicia, sin embargo, yo tenía la buena costumbre de escribir
primero a pluma, y eso imprimía a todo el asunto otro ritmo. Con este
procedimiento artesanal la novela queda mucho mejor, pero necesitas el doble de
tiempo.
Como sabía que el ímpetu creador flaquearía cuando
llevara unos cuantos días con la misma historia, me obligué a sentarme cada día
-de lunes a domingo- de 15h a 18h en la mesa de mi cocina con la libreta
abierta. Daba igual si escribía cuatro páginas, una página o media. Lo
importante era estar sentado allí una jornada tras otra, sin otra ocupación que
la novela.
Había días que me notaba extremadamente desganado para
la escritura, y hubiera hecho cualquier cosa menos estar allí. Era como si el
cuerpo se rebelara contra el cometido asignado. Indefectiblemente, sin embargo,
tras un rato de lucha acababa sumergiéndome en la novela y a menudo sobrepasaba el horario fijado. ¡Me estaba
divirtiendo!
Esta novela escrita a base de látigo interior ganó el
premio Gran Angular de literatura juvenil en catalán y me permitió dedicarme a
escribir. Sin embargo, el mayor premio había sido demostrarme que era capaz de
terminar una novela. Es una carrera de fondo en el que todo el que llega a meta
ya es ganador.
Para la redacción de El Cuarto Reino tuve que aplicarme una disciplina similar: en este
caso era de 9h a 14h; empezaba repasando lo escrito la jornada anterior y luego
escribía nuevas páginas. Hace ya muchos años que escribo directamente a
ordenador porque no dispongo del tiempo para la versión manuscrita.
Un estilo transparente
Hay
algo muy importante que deben entender los que quieran dedicarse al comúnmente
llamado best-séller, sea novela histórica, thriller
contemporáneo o cualquier otro subgénero dirigido al gran público: para que
una novela de este tipo funcione, el contenido -la trama- debe prevalecer
totalmente sobre la forma.
Escribir
una obra comercial exige renunciar totalmente al ego literario para
convertirse en un mero y eficaz transmisor de la historia. Al lector de Dan
Brown o de Ken Follet le traen sin cuidado
las opiniones, sentimientos y experimentaciones del autor. Quieren una
aventura que les "enganche" desde la primera página y que mantenga el interés y
la intriga a base de acción, intriga y giros inesperados.
En el best-séller perfecto la voz
del narrador debe ser transparente, el autor desaparece y cede todo el
protagonismo a la historia. El escritor que no esté dispuesto a realizar este
sacrificio tiene poco futuro como autor de masas.
Un thriller eficaz es como una buena película de acción, en la que el
argumento nos arrastra de tal modo que llegamos al final de la película sin
darnos ni cuenta. Cuando el espectador tiene tiempo de fijarse en los
movimientos de la cámara, en los planos o en la banda sonora es que algo no
funciona.
Del mismo modo, el best-séller requiere
de una técnica vigorosa pero despersonalizada. La visión del mundo del autor es
lo de menos, aunque siempre acabe emergiendo de un modo u otro.
Algunos ingredientes para terminar
Lo
importante es que la novela mantenga un ritmo trepidante; no podemos permitir
que el lector se acomode. Cuando crea saber lo que pasará, hay que darle la
vuelta a la situación para recuperar la tensión. Cuando crea saber quiénes son
los buenos y los malos, hay que sorprenderle demostrándole que estaba
equivocado y que nada es como parece.
Este
es el objetivo número uno de la literatura popular: entretener sin
cuartel. Cuando al lector se le cae el libro de las manos y no lo vuelve a
retomar, el escritor ha fracasado. Para evitarlo hay que imprimirle ritmo y, al
mismo tiempo, dosificar la información de modo que al lector siempre le falte
saber algo esencial: un enigma o misterio, la resolución de una situación que
parece irresoluble.
La atención se mantiene gracias a lo que el lector no
sabe, pero tampoco hay que hacerle desesperar o cerrará el libro. Debemos
revelarle lo que desea saber. al tiempo que descubre que el misterio resuelto
ocultaba un misterio todavía mayor.
Los thrillers de inspiración histórica -de
cualquiera de las dos categorías
mencionadas al principio- tienen
además un valor añadido que explica el boom que están viviendo. Al proporcionar
detalles curiosos sobre la historia, el arte o la arquitectura, por ejemplo, el
lector tiene la agradable sensación de que no sólo se entretiene, sino que
además aprende cosas. Por lo tanto, no está perdiendo el tiempo. Luego comenta
estos descubrimientos a amigos y compañeros de trabajo, lo que acaba desatando el fabuloso efecto boca-oreja,
responsable del éxito de obras como El
Código Da Vinci.
Pero no nos engañemos: para que eso
suceda, hay que haber llegado al final del libro.
Fotografía
del autor: Noemí Conesa
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