El festín de los textos inconclusos
(o la dispersión a la hora de escribir)
por Ariel Rivadeneira
¿Cuál es la razón de que tantos textos queden inacabados?
¿Por qué motivo se acumulan, entre los principiantes, inicios de cuentos y
novelas?
Escribir pone en marcha la alegría. Sin embargo, no son pocos los autores que
me comentan su intenso deseo de superar un conflicto "escriturario":
"Empiezo muchos textos y no los termino. Me pregunto por qué esta
constante detención, esta pereza que me domina, pasan los días y apenas
garabateo unas líneas, cuando hay una idea latente que me llama..."
"No consigo acabar ningún relato. Tengo ideas que anoto para que no se me
escapen, pero no consigo desarrollarlas adecuadamente, darles un acabado, un
pulido"."Tengo varios proyectos iniciados, algunos muy apetecibles y
no todos inabordables, pero algo me impide desarrollarlos".
De un modo u otro, son muchos los que empiezan a narrar una historia y la
abandonan por la mitad. A los pocos días (o a las pocas horas) del primer
proyecto empiezan una segunda historia y así sucesivamente. Cuando intentan
acabar una u otra, algo estalla en su interior, los instala en el vacío e
inmediatamente cambian de dirección.
Se dispersan entre los numerosos relatos que a uno se le ocurren a diario
indica un alto grado de creatividad, sin duda, pero no se consigue completar el
sentido del relato, aparece la frustración. Perturba al autor no poder acabar
un relato. Muchas renuncias al placer de escribir provienen de esa frustración.
Explorar las soluciones
Para acabar la novela, se requiere paciencia y constancia. Es decir, dejar
madurar la idea hasta que se sepa hacia adonde se dirige. Una posibilidad de
llegar victorioso al final será tratar de contactar con los fantasmas personales
que provocan la detención. En lugar de acallarlos o de huir de ellos cambiando
de relato, prestarles atención. Así, serán ellos mismos los que completen lo
interrumpido. Es decir, convertir a los fantasmas en ayudantes es la meta.
No interferir el camino de los personajes es una buena solución para descubrir
qué camino van a tomar. Escucharlos en lugar de forzar ese final con nuestra
propia historia, ajena a ellos. Aceptar que es la historia de los personajes,
no la del autor. Una vez que uno coloca a unos personajes en acción hay que
dejarlos avanzar su camino, sea cual sea el rumbo que escojan. Es decir, dejar
que nos cuenten su historia en lugar de querer deslizar la nuestra.
Concentrar información contundente al principio del relato, para poder
retomarla transformada en un buen final. La información principal debería estar
contenida en las primeras páginas. El final es simplemente (y no tan
simplemente) una lámpara que ilumina lo anterior y, a la vez, una consecuencia
del planteamiento inicial.
También el entorno que rodea al escritor puede provocar la dispersión. Conocer
las mejores condiciones para el cuerpo y para la mente es recomendable. Pueden
ser escribir a mano o directamente en el ordenador, en la cama o en un tren, en
medio del ruido o en absoluto silencio. Entre cientos de opciones más. Así de
sencillo y así de complicado.
Cómo lo han hecho otros
Aquí no acaban las razones y hay una que es determinante. La dirección se
conoce cuando se sabe qué queremos decir. Ni más ni menos. He aquí el meollo de
la cuestión.
Apelo a Hemingway. Podría ser que uno empiece escribiendo esta frase:
Un anciano con anteojos de armazón de acero y ropa llena de polvo estaba
sentado a un lado del camino.
Podría ser que fuera un inicio que nos surgiera de pronto y nos enamorara.
¿Cómo seguir? ¿Por qué seguir? Hemingway supo cómo y por qué. Es el inicio de
El anciano del puente, un brevísimo y excelente cuento que sugiere más de lo
que cuenta y que pone de manifiesto que ese anciano representa muchos temas que
el autor pone así sobre el tapete. En consecuencia, lo atractiva que nos
resulte una frase no alcanza. Nuevamente, habrá que averiguar qué contiene, qué
quiero contar (o que tengo para decir) mediante ese personaje colocado en esa
situación. También puede suceder que no se sepa qué quiere uno decir y acabe el
cuento y el cuento lo diga. En ese caso, se escribe por intuición, bienvenida
sea, aquí no hay conflicto.
¡Oh, querido Proust! Dinos cómo se hace para no cejar durante siete volúmenes.
¿El secreto habrá sido bucear en el tiempo que ya no se ha de vivir? ¿O el
tintero de cristal que le regaló su amada madre? Él estableció una comparación
entra la elaboración de su libro y la construcción de una catedral: una obra
cuyos planos iniciales no son definitivos, sino que cambia y muta sujeta a
múltiples designios. En El tiempo recobrado (el último de los volúmenes) él
admite fijarse como meta reflejar la realidad humana a través de una
observación minuciosa. Analiza, examina, compara, con digresiones, con olvidos
y con inconstancias, introduce su propia conciencia en la novela (anticipándose
a Joyce, Woolf o Faulkner).
En suma, evitar la tendencia a la revisión compulsiva que lleva a la inacción.
Conocerse a sí mismo. Respetar las inclinaciones subjetivas y los medios más
apropiados para nuestra peculiar forma de hacer, son algunas de las vías para
llegar triunfantes al desenlace.