Cuando el NARRADOR es TESTIGO

por Silvia Adela Kohan

 

El narrador testigo cuenta la historia del protagonista. Comenta los hechos, ¿de modo imperturbable?, ¿tomando distancia?, ¿con frialdad?, ¿con cierto grado de emoción? Con lupa, a través de la mirilla, desde el centro de los hechos, desde el piso de arriba, a través de un catalejo. Habrá tantos testigos como historias narradas por ellos.


Cuántos dolores de cabeza da el narrador escogido a los escritores principiantes y cuántas satisfacciones y sorpresas ofrece a los que son capaces de comprender a fondo las posibilidades y limitaciones de la voz escogida.

El testigo puede ser un amigo, un pariente, un vecino, un colaborador, un observador casual o especialmente interesado observa las acciones del protagonista o de otros personajes y las cuenta. Expresa o no sus propios pensamientos y emociones, los del protagonista se le escapan, no puede conocer el mundo interno del observado, su flujo mental, salvo que éste se lo cuente, se concentra en sus andanzas y deduce o infiere a partir de indicios: observa gestos, sigue las huellas de la acción, escucha conversaciones, lee cartas...

Mira, pero no opina

El lugar del testigo suele ser secundario, aunque hay excepciones, ¿es tan secundario el narrador de El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, que se refiere a Gatsby y participa con fuerza en la situación o el de 24 horas en la vida de una mujer, de Stephan Zweig que narra un episodio vital de una mujer, pero a través de su narración se percibe su posición al respecto?

Un testigo puede mirar, pero no opina; puede señalar con mayor o menor detalle y determinar en consecuencia los hechos; puede ser el detective que investiga una trama y que no sabe más que el lector acerca de ella; puede incorporar sus conjeturas y sus sensaciones frente a los acontecimientos, y como todos los narradores, debe sugerir más de lo que dice. Puede ocupar distintas posiciones.

El distante contempla y narra lo que vive un personaje sin aportar su punto de vista subjetivo, como en La modificación de Michel Butor:

 

"Más allá de la ventanilla sobre la cual las gotas de lluvia se esparcían cada vez más, usted distingue mucho más claramente que hace un rato, debajo de una mancha clara de cielo, casas, postes, la tierra, gentes que salen, un carro, un pequeño automóvil italiano que cruza la vía férrea sobre un puente. Por el corredor vienen dos jóvenes con sus abrigos puestos y sus maletas en la mano. Pasa la estación de Sénozan."

 

El testigo de los diálogos es invisible. Es alguien que ha visto la escena y la cuenta tal como la ve. Presenta el acontecer a través de las voces de los personajes, como en Mecánica popular de Raymond Carver:

 

    Él estaba en el dormitorio metiendo  ropa en una maleta cuando ella apareció en la puerta.

   ¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas!, gritó. ¿Me oyes?

   Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.

   ¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas! Empezó a llorar. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?

   Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.

   Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después se dio la vuelta y volvió a la sala.

   Trae  aquí eso, le ordenó él.

   Coge tus cosas y lárgate, contestó ella.                                                      

 

El protagonista secundario participa en la acción, pero habla muy poco de sí mismo, narra los hechos del personaje principal o de los otros, como el conocido caso del doctor Watson del siguiente fragmento de Sir Arthur Conan Doyle, tomado de Sherloch Holmes sigue en pie:

 

"Hoy ya no puede causar perjuicio", fue la contestación que me dio Sherlock Holmes cuando por décima vez en otros tantos años, le pedí autorización para hacer público el relato que sigue. Y de ese modo conseguí permiso para dejar constancia de lo que, en ciertos aspectos, constituyó el momento supremo de la carrera de mi amigo.

Lo mismo Holmes que yo sentíamos cierta debilidad por los baños turcos. Fumando en plena lasitud del secadero, he encontrado a Holmes menos reservado y más humano que en ningún otro lugar. Hay en el piso superior del establecimiento de baños de la avenida Northumberland un rincón aislado con dos meridianas a la par una de otra, y en ellas estábamos acostados el día 3 de septiembre de 1902, fecha en que da comienzo mi relato. Yo le había preguntado si había algún asunto en marcha, y él me contestó sacando su brazo largo, enjuto y nervioso, de entre las sábanas en que estaba envuelto, y extrayendo un sobre del bolsillo interior de la chaqueta, que estaba colgada a su lado.

Puede lo mismo tratarse de algún individuo estúpido, inquieto y solemne, o de un asunto de vida o muerte me dijo al entregarme la carta. Yo no sé más de lo que me dice el mensaje.

Procedía del Carlton Club y traía fecha de la noche anterior. Decía: "Sir James Damey presenta sus respetos a mister Sherlock Holmes, e irá a visitarle en su casa, mañana a las 4.30. Sir James se permite anunciarle que el asunto sobre el que desea consultar con mister Holmes es muy delicado y también muy importante. Confía por ello en que mister Sherlock Holmes haga los mayores esfuerzos por concederle esta entrevista, y que la confirmará llamando por teléfono al Club Carlton".

 No hará falta que le diga Watson, que la he confirmado, me dijo Holmes. ¿Sabe usted algo del tal Damery?

Sólo se que ese apellido suena todos los días en la vida de sociedad.

Yo no puedo decirle a usted más de eso."

 

El presencial puede observar como a través de una cámara fotográfica o de cine y narra sólo lo que entra en su campo visual, sin especificar lo que le pasa a él como:

Dashiel Hammett, en El agente de la Continental

 

"Subí al coche y comencé a ajustar los prismáticos. Aún no había terminado de hacerlo, cuando la puerta del chalet se abrió dejando escapar una lonja de luz amarilla y dos personas salieron al exterior.

Una de ellas era una mujer.

Un giro más de la rueda de ajuste de los prismáticos, y su rostro apareció claro ante mi vista. Era la señora Ringgo.

Se levantó el cuello del abrigo en torno al rostro, y avanzó rápidamente por el caminillo de grava. Sherry se quedó en el porche mirando cómo se alejaba.

Cuando llegó a la carretera comenzó a correr ladera arriba en dirección a su casa.

Sherry entró en el chalet y cerró la puerta.

Dos horas y media después un hombre llegó por la carretera y entró en el sendero de grava. Avanzó apresuradamente hacia el chalet con extraña cautela mirando a un lado y a otro mientras caminaba. Supongo que llamó con los nudillos a la puerta, pues segundos después de llegar junto a ella, ésta se abrió arrojando un resplandor amarillento sobre su rostro. Reconocí a Dolph Ringgo.

Entró y la puerta se cerró tras él.

Me guardé los prismáticos, abandoné mi puesto de observación, y me dirigí al chalet. Como no estaba seguro de poder hallar un buen escondite para mi automóvil, decidí dejarlo donde estaba e ir a pie. No quise arriesgarme a tomar el camino de grava. Unos seis metros antes de llegar a éste, dejé la carretera y me deslicé lo más silenciosamente posible entre los árboles, los arbustos y los macizos de flores. Sabía con quién me las veía y en consecuencia llevaba el revólver en la mano."

 

El epistolar, la mirada del testigo incluida en una carta, como en La carta, de Isaac Babel, en la que relata su experiencia en un tren del ejército:

 

 "Y realmente la parada fue enorme, porque los portadores de sacos, estos enemigos perversos, en medio de los cuales se encontraban muchos del sexo femenino, obraban del modo más descarado con las autoridades ferroviarias. Sin ningún miedo se aferraban a las manecillas de los vagones, corrían sobre los techos de fierro, molestaban, importunaban. Cada uno llevaba el acostumbrado saco de sal con un peso a veces de cinco puds. Pero no duró mucho el triunfo del capital de esos contrabandistas. La iniciativa de los soldados de los vagones dio la posibilidad a la ultrajada autoridad de los ferroviarios para respirar libremente. Quedaron sólo las mujeres con sus atados. Los soldados tuvieron piedad de ellas y permitieron a algunas entrar en el carro del ganado, aunque dejando en el andén a otras. También en el carro del segundo pelotón se instalaron dos muchachas.

 

El "tramposo" parece haber vivido lo que cuenta, pero no es así, como en La salud de los enfermos, de Julio Cortázar, en que el narrador llama a todos los personajes por su nombre familiar para que la historia resulte más inmediata, más vívida, pero que no está involucrado en la misma, y que está "a caballo" entre el testigo y el omnisciente.

Evidentemente, una vez más se trata de reconocer que el punto de vista de la narración es uno de los aspectos clave de la narrativa. ¿Quién cuenta?

Tiene una función dentro del relato y determina el desenlace de la historia. Reflexionar sobre su uso y probar diferentes puntos de vista para el mismo relato es lo aconsejable. En el caso del testigo, saber la razón por la cual se escoge dar la información que da, ni más ni menos.


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