
En cuanto a la creatividad, con la
actitud interna del novelista me refiero a la libertad, que agiliza la
capacidad de asociación, a la indagación de qué convicción uno quiere
vehiculizar con esa novela, a su poder y a su práctica para adaptar la realidad
a su imaginación y no al revés, como aquel señor que va al médico, el médico lo
cita.... La novela pugna por salir a la luz. Para conseguirlo, escribo sin
pudor, me dejo fluir; escribo desde las vísceras, desde mi propia voz. Escribir
desde la propia voz es saber mirar el mundo con atención y poder escuchar. Miro
los detalles y escucho la historia que me cuenta el personaje.
Así
me pasó con Ava lo dijo después.
Gocé
y sufrí durante el proceso que duró más de un año. Viví con la ilusión de
producir un complejo mundo, contarlo, a la vez que yo podía contar con él, sin
limitaciones.
En
este sentido, escribir una novela es un acto de libertad.
La trama respondió a mi
convencimiento de que todo en la vida se enlaza y los hilos se entrecruzan y se
conectan, si uno está predispuesto a notarlo.
Investigué
en la vida de cuatro mujeres distintas
entre sí e intenté que fueran una metáfora de nuestra época en la que las
mujeres ocupan su lugar, “descentran” a los hombres. Una vez nombradas, podía
individualizarlas, pensar en ellas, convivir con ellas, ir tras ellas.
Los
pilares de la novela son esas mujeres, los personajes.
Durante
el tiempo que duró la escritura de la novela, llevaba en mi mente el universo
creado. Estuviera donde estuviera, me hacía preguntas: ¿En qué se parece este
salón al del piso de Ava? ¿En qué, este coqueto restaurante a aquél donde cenaban
Ava y Cristina?
La
primera chispa surgió cuando en un informativo de la 2 mostraron un verano
anticipado y las playas repletas y la cámara se detuvo en una pareja. Yo pensé:
¿y si es una chica con su amante y la que mira el informativo es la mujer de
él? Ese fue mi detonante y el de la protagonista: Ava. El conflicto de Ava fue el desencadenante de la novela:
Ella deseaba cambiar, no sabía cómo, ni siquiera se lo planteaba. El episodio
inesperado le da esa posibilidad.
Todo
lo que sucede en los capítulos posteriores tiene una conexión más o menos sutil
con la información dada en las primeras dos páginas.
Tuve
muy claro que no se debe forzar a los personajes: Ava no lloraba nunca. Yo
esperaba que llorara para buscar el modo de consolarla, para conmover al
lector, pero comprendí que no le iba
esta reacción al personaje, que es más fuerte de lo que de entrada parece.
Ahora tengo la certeza de que si llora no seré yo quien la consuele.
Esperar
que los personajes me digan cómo son en lugar de manipularlos a mi antojo.
Yo
no me identifiqué con ninguna de las mujeres, me pregunté de parte de cuál de
ellas estaba y encontré la respuesta cuando coloqué el punto final.
Me
metía dentro de ellas mientras realizaba distintas actividades. Conducía y me
preguntaba, ¿y si fuese Gladys la que condujera este coche y este sol redondo
se le metiera en los ojos, cómo reaccionaría? ¿Y las otras? Y tomaba nota.
Bueno,
podría seguir así con la intriga, la trama, el método de corrección y tantos
otros aspectos, pero no hay tiempo.
En
síntesis, una de las vías que sostiene la novela y que atrapa al lector, lo
conmueve, lo inquieta, son los personajes y sus actos, las opciones que toman
en su tránsito hacia lo que quieren ser, sobre todo si esos
personajes son creíbles y metaforizan algo más. El buen novelista tiene
una íntima relación con los personajes, los conoce, sepa o no sepa lo que les
va a ocurrir a lo largo de la novela, conoce las
motivaciones por las cuales hacen lo que hacen. Así,
el hilo de la intriga es el deseo que mueve a los personajes: entonces el
lector quiere leer más acerca de cada personaje.
A
tener muy en cuenta: la intriga que se desencadena con el dilema que vive el
personaje, una duda, cierto temor, un hecho curioso, la incertidumbre, un
deseo, la amargura, etc. abren una lectura interesada para el lector que, paso
a paso, capítulo a capítulo, se pregunta qué pasará a continuación. Dicho
dilema debería desembocar en el último capítulo. Es una de tantas opciones de
atrapar su atención.
Conocerse
permite averiguarlo y trabajar mejor. Saber qué clase de novela voy a escribir,
indagar por qué esta novela y no otra, saber cómo llevo a cabo el proceso. Por
ejemplo, unos escriben a medida que avanzan, otros necesitan tener todo
planificado antes de ponerse a escribir. Brújula y mapa.
Juan
José Millás nunca hizo un esquema. Escribe las dos primeras páginas de una
novela, en las que traza ya un montón de hilos invisibles, dice que en esas dos
primeras páginas está contenida toda la información, del mismo modo que en un
óvulo fecundado está contenida toda la información sobre lo que ha de ser un
individuo. De ese óvulo, en principio algo minúsculo, va a crecer todo el
individuo. No se le van añadiendo desde fuera, la nariz, las orejas o los ojos,
sino que estos salen de él. Tiene esa condensación inicial y no sabe nunca lo
que va a pasar en la página siguiente, en el capítulo siguiente. Escribe para
saberlo. Tiene la idea preconcebida de
lo que va a decir, recurre a ella a medida que avanza, pero no sabe a
dónde lo va a llevar esa idea.
En cambio,
Juan Marsé se hace una especie de sinopsis argumental, de distribución del
material por capítulos y empieza a trabajar sobre este esquema. Conforme va
trabajando, los personajes se le disparan por un lado que no tenía previsto.
Por ejemplo, había escrito en el esquema: “Fulano sale de casa, coge un taxi y
llega a la clínica. Allí tendrá una conversación con una muchacha que se está
muriendo”, y al llegar al punto donde coge el taxi, surge una breve
conversación con el taxista. Entonces, el taxista tiene voz, interviene y crece
de tal manera que prevé que tendrá que recuperarlo después.
Una
novela cuenta básicamente una historia y su interés
depende de cómo se la cuente. Se trata de contar en lugar de explicar.
Precisamente, seduce más el que cuenta mejor, te haces amigo de alguien por lo
que te cuenta.
Novelar la historia narrada implica contarla desde una
determinada perspectiva. Se enfoca una vida vulgar desde un punto de vista
excepcional. Una vez que se sabe por dónde iniciarla, hay que mantenerla,
enriquecerla, encontrarle un final adecuado y cautivar al lector. Nadie sigue
siendo el mismo tras la escritura de una novela.
¿Cómo ponerla en marcha y hacerla
avanzar hasta que desemboque en el desenlace que la historia narrada exige?
En cuanto a la chispa que enciende el fuego, puede
ser un aleteo, una evocación, un gesto, una frase, y puede ser un hecho real. El
rojo y el negro, de Stendhal parte de
un hecho real: Un joven seminarista, Antoine Berthet (en la novela, Julien
Sorel) entró en una iglesia, mató a su antigua amante, una mujer casada y con
hijos (en la novela, Madame de Renal), y fue condenado a muerte. De él se
sospechaba, también, que había seducido a una joven a la que daba clases
particulares (Matilde en la ficción). Pero Stendhal escribió la novela según su visión de ese crimen real: más que
la anécdota le interesó lo que a él le sugería y le otorgó un sentido más
trascendente: vio que desaparecía un orden social y surgía otro y los
lectores de la época se reconocieron en lo que le pasaba a Julien Sorel. De eso
se trata, de pasar lo sucedido por mi propio filtro para trascender la
anécdota.
Otro
motor es un hecho autobiográfico. Aprovechar lo autobiográfico no es contar
episodios completos de tu vida personal, tal y cómo sucedieron, sino las
reverberaciones que uno y otros episodios
te han dejado. Contar lo
experimentado es una ventaja, porque lo conoces tan bien que tendrá fuerza y
credibilidad; a la vez, es un riesgo si te centras en la anécdota vivida y no
en lo que esa anécdota puede significar: con anécdotas no se escribe una
novela.
La chispa puede ser también
una excusa nimia. A Jean Echenoz le ha
servido de modelo la idea que Hitchcock llama McGuffin y que es su regla para
los filmes de suspenso basados en la búsqueda de un objeto. Es una excusa
argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de una historia, y que
en realidad carece de relevancia por sí misma. Hitchcock se lo contó así a
Truffaut y creo que le puede servir a más de un novelista:
Jean
Echenoz lo empleó a partir de: han robado unos planes ultrasecretos y a nadie
le importa en qué consisten esos planes, nunca se sabe bien qué son, lo que
cuenta es la máquina que se ha puesto en funcionamiento.
En
cualquier caso, tengo que tener razones para empezar la novela por donde la empiezo,
para avanzar como avanzo, para mover a los personajes en una u otra dirección. Un ejemplo, en La casa del canal (como en
casi todas las de Simenon) la protagonista está condenada desde el primer
párrafo, tiene que ver con la visión del mundo de Simenon.
Lo
que me desborda o lo que me desasosiega es el desencadenante de la novela. Voy
de la angustia al goce, y del goce a la angustia, y así sucesivamente. El motor
de la creación es la incertidumbre. Atreverse a continuar es el reto. Para que
una novela funcione hay que exponerse, escribir con impudor no esconderse, huir
de la autocensura, los tabúes, los escrúpulos. Para escribir no se puede ser
cobarde.
Uno
escribe desde las tinieblas, desde la inquietud, desde el borde del camino,
desde la pasión. Escribe la tramontana, un desguace de coches, el encuentro en
un puente de Ámsterdam, un edificio en construcción, la construcción exclusiva
de una mirada. La escritura no es la representación de ese encuentro en el
puente de Ámsterdam, de una ciudad o de un barco: es el encuentro mismo, es una
ciudad, es un barco. La novela lo es.